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El orgullo del dragón

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El orgullo del dragón inicia la nueva serie de las autoras de Sueños de piedra y Antihéroes: una apasionante bilogía sobre dos sociedades enfrentadas en un entorno de corte steampunk.Viria es la tierra de los hombres; Gineyka, la de las mujeres.Las diferencias entre ambas naciones son notables. En Viria, los hermanos Lavalle tienen la vida aparentemente resuelta, Neith Sinagra malvive en unas calles hostiles y Arabella Medici intenta salir adelante sin contraer matrimonio. En Gineyka, Saroi Burgoa se prepara para ser adoptado mientras su hermana, Irati, se convierte en una inventora con un porvenir brillante... Al contrario que Eider Haizea, que por su ceguera sabe que a ojos de todos carece de futuro. Pero hay algo que los caracteriza por igual: su disconformidad con el mundo que los rodea. Y el hecho de que todos ellos están a punto de cambiarlo.
Year:
2019
Language:
spanish
File:
MOBI , 3.67 MB
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1

El orgullo de los rurales

Año:
2018
Idioma:
spanish
Archivo:
MOBI , 502 KB
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2

El orgullo del diablo

Año:
2000
Idioma:
spanish
Archivo:
MOBI , 289 KB
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© de la obra: Iria G. Parente y Selene M. Pascual, 2019


© de las ilustraciones: Alejandra Hg, 2019

© de los diseños de Viria y Gineyka: Me Gusta la Idea; Elena Díaz, 2019

© de las guardas, las portadillas y las capitulares:

Vera Petruk, Shutterstock

toriru, Shutterstock

EV-DA, Shutterstock

© de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L.

c/ Corazón de María, 39, 8.º C, esc. dcha. 28002 Madrid

info@nocturnaediciones.com

www.nocturnaediciones.com

Primera edición en Nocturna Ediciones: Junio de 2019

Edición Digital: Elena Sanz Matilla

ISBN: 978-84-17834-28-9

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).





Capítulo 1




20 de Alter de 1852 d. S.

Arxia, Viria


Era el mejor de los lugares; era el peor de los lugares.

Nadie en su sano juicio habría considerado jamás los bajos fondos de Arxia un posible paraíso, a excepción de Vianney Lavalle. Lo que otros creían una bajada a los infiernos, en su caso se percibía como un peligroso pero agradable paseo por el Purgatorio. A Via, que consideraba que no dejaba de transitar de un lado a otro, perteneciendo a todo y a la vez a nada, los lugares a medio camino siempre le habían resultado atrayentes.

Por eso adoraba las tardes como aquella, en las que sólo tenía que enfundarse en ropas más pobres de lo que le correspondían y perderse en aquellos callejones en los que jamás debería haberse metido.

Aunque, si aquel día no lo hubiera hecho, quizás alguien se hubiera consumido de verdad para siempre en el Infierno.

Por supuesto, Via no pensaba en salvar a nadie aquel 20 de Alter de 1852. A sus dieciséis años ya había comprendido que lo más importante en Viria era salvarse a uno mismo. Tal vez el mes de Alter fuera el dedicado al ; altruismo y en teoría todos los habitantes del imperio debieran honrar al Santo haciendo alarde de esa virtud, pero Via era muy consciente de que los preceptos religiosos nunca habían sido más que teoría puesta sobre hermosas escrituras y obras de arte. No: Lavalle no descendía a los bajos fondos para ayudar. A veces de sus manos caía limosna para quien mendigaba, en otras ocasiones llevaba restos de una comida que sabía que ya nadie más aprovecharía en casa. Pero nunca acudía a aquel lugar por piedad ni por sentimiento de responsabilidad ni por asomo de deber.

Lo único que quería de los bajos fondos eran piezas mecánicas. Las más raras, pequeñas, extravagantes, antiguas, en desuso o aparentemente inútiles que hubiera. Las que no se podían encontrar en otro lado. Las que sólo existían porque alguien se había deshecho antes de ellas. A Via le gustaba redescubrir aquello en lo que nadie más creía: a sus ojos, nada estaba perdido, sólo a la espera de la posibilidad de convertirse en algo mejor.

En esa ocasión, necesitaba las piezas para arreglar un reloj. Un reloj antiguo, regalado mucho tiempo atrás, y quizá por eso uno de los relojes más importantes del mundo. Al menos, de su mundo.

Una vez que las hubo conseguido, comenzó a llover.

Ya se marchaba cuando oyó los gritos.

Podía haberlos ignorado. Lo había hecho en anteriores ocasiones: en los bajos fondos se oían muchas cosas, la mayoría de ellas no demasiado agradables. Hasta entonces, ignorar los insultos que sonaban de unas calles a otras, las carreras por los robos o los gemidos de placer en los rincones había resultado, por lo habitual, sencillo. Incluso cuando había habido alaridos de dolor, estos siempre habían sonado demasiado lejanos, lo suficiente para fingir que no eran de su incumbencia.

Pero esa vez sonaron demasiado cerca. Y también las risas.

—¡Así aprenderás la lección, sucio thyraio!

Las carcajadas volvieron a sonar, más fuertes que la tibia llovizna que susurraba contra los adoquines. Una vez más, demasiado cerca. Tanto que Via pudo ver a las personas a las que pertenecían las risas saliendo de uno de los callejones. Eran dos, mal vestidos, altos, de expresiones partidas por cicatrices y golpes. Se marchaban celebrando, como si en aquel pequeño espacio entre edificios retorcidos hubieran llevado a cabo una gran proeza.

Eso fue lo que evitó que Vianney Lavalle pasara de largo aquella tarde. Ignorar lo que se oía podía ser fácil; lo que se veía, quizá no tanto. Supo, mientras observaba marchar a aquellos dos tipos, que si se desentendía de lo que había ocurrido en aquella calleja, volvería de su paseo por el Purgatorio con un fantasma persiguiéndole. Y ni siquiera podía tener la convicción de que fuera en un sentido metafórico.

Así que guardó las piezas en el fondo de su abrigo, respiró hondo, apretó la mano en torno a la pistola que siempre le robaba a su hermano para sus escapadas y se asomó al callejón.

Al principio no vio nada. En aquel pasillo angosto y sin salida sólo se arremolinaban la oscuridad y la lluvia que había comenzado a caer con más fuerza. Pero, cuando se fijó, un bulto se movió en el suelo. Podría haberse tratado de una culebra, de no ser por su tamaño. Se arrastraba de la misma manera, con el cuerpo replegado sobre sí mismo. Incluso bajo el creciente aguacero, que golpeaba el suelo y las paredes, oyó su gemido.

Tal vez Vianney Lavalle no fuera la mejor persona del mundo. Pensaba demasiado en sus propias circunstancias, en todo lo que podía ganar y en todo lo que podía perder.

Pero al menos no era alguien sin corazón.

Por eso se movió rápido. Cuando se arrodilló, descubrió a un muchacho que rondaría su edad. Su cara molida a golpes estaba empapada de sangre y sus párpados habían caído. Si había tenido posesiones hasta el momento, sus atacantes debían de habérselas llevado todas, porque ni siquiera llevaba calzado. Su cuerpo, demasiado delgado, hablaba de desnutrición y supervivencia, aunque eso no era una sorpresa en el lugar en el que se encontraban.

El color de su piel —un marrón claro que bastaba para que no se le considerase como un hijo de Aión— le dio la pista de que, si no quería buscarse problemas, debía dejarlo allí. Olvidarlo o vivir con su fantasma en los talones, pero no ayudarlo. Dedicarle una sola palabra ya era suficiente para meterse en problemas.

Aquel pensamiento no duró más de medio segundo en su cabeza. En realidad, Via nunca podría haber dejado allí a aquel chico. Quizá porque comprendió qué ocurría. Quizá porque le dio rabia la situación. Quizás, incluso, porque de repente Endai, Santa de la Piedad, había decidido iluminar sus acciones.

O quizá tan sólo consideró a aquel joven otra pieza rota, de la que nadie esperaba nada, y que lo único que necesitaba era una nueva oportunidad. Alguien que lo recogiese.

Por eso sus brazos tiraron de él hacia arriba. El movimiento puso en tensión al herido, que emitió una nueva queja y abrió los ojos. Apenas consiguió enfocarlo.

—Déjame.

Su voz era un hilo. Lavalle tuvo que resoplar.

—Trato de ayudarte.

—No he pedido tu ayuda —gruñó el otro.

Via tuvo ganas de soltarlo, pero se limitó a alzar una ceja.

—Bien, porque yo no he pedido tu permiso para ayudarte. Te vienes conmigo. Necesitas un médico.

Hubo otro quejido, pero fue más soñado que realizado. El muchacho casi no podía sostenerse a sí mismo y perdió por completo la consciencia cuando Via apenas había conseguido ponerlo en pie. En el fondo, se alegró. Así no lo tendría protestando todo el camino.

Como le había dicho, necesitaba un médico. Y sabía bien dónde encontrar uno.





Después de toda la vida conviviendo juntos, León Lavalle todavía se negaba a ponerse en lo peor cuando se trataba de Via. Quizá porque una parte de él aún se aferraba a la idea de que su familia sólo podía estar formada por personas responsables que podían cuidarse sin ayuda. Quizá porque tenía la esperanza de que, después de trabajar todo el día, su casa debía ser un puerto seguro, un refugio de silencio y calma.

Lo único que siempre había deseado era una vida tranquila.

Y sabía de sobra que eso sería lo último que tendría. Se lo repetía a sí mismo más veces de las que creía necesarias, y aquella noche tuvo que volver a hacerlo, después de consultar el reloj por décima vez y darse cuenta de lo tarde que se estaba haciendo. Se asomó de nuevo a la ventana y pensó en salir en su búsqueda, a sabiendas de lo inútil que sería peinar la ciudad él solo. Su preocupación no hizo más que incrementarse cuando las dos figuras se acercaron renqueantes por las calles mojadas, llenas de destellos ambarinos procedentes de los charcos y la luz de las farolas. Cuando reconoció la silueta que se había calado la gorra hasta las cejas, no sabía si en un intento de esconder su cara o de protegerse de la lluvia, logró volver a respirar con tranquilidad.

León corrió a abrirle la puerta, antes de que Via pudiese hacer sonar la campana y atraer la atención de algún vecino. Ni siquiera pudo enfadarse. Sólo necesitaba saber lo que había ocurrido.

—Dime que no te has metido en una pelea, Via.

Un resoplido. Un paso vacilante. León estiró los brazos y agarró al joven herido con cuidado, aunque antes miró de un lado al otro de la calle para asegurarse de que estaba desierta y nadie veía qué tipo de persona estaba a punto de entrar en su hogar. Se asombró de lo poco que pesaba el chico, pero su examen fue más allá. Tenía al menos un ojo morado y el labio partido. La nariz se le había hinchado, aunque no parecía rota. El pómulo lo tenía magullado.

—¿Dónde…?

—Le han dado una paliza. Estaba en el suelo, en un callejón, y…

Calló y apartó la mirada. León quiso decirle muchas cosas. Que no debió meterse. Que no debió llevarlo a casa. Que podían meterse en más de un problema. Que aquello, a ojos de muchos, estaba mal. Pero, cuando hundió los dedos en el torso del chico y sintió lo que había debajo, tuvo que morderse la lengua.

—Vete a cambiarte esa ropa mojada —murmuró—. Yo me encargo.

No dejó que protestara. Via sabía cuándo no quejarse, y cuando su hermano ponía esa cara, con los labios apretados y los ojos entornados, era mejor hacerle caso. León, por su parte, se llevó al herido con toda la delicadeza que fue capaz. Subirlo por las escaleras quedó descartado porque era mejor inmovilizarlo cuanto antes, de modo que le hizo sitio en la habitación de invitados que había en la planta baja, junto al pequeño taller donde Via solía trabajar en sus proyectos.

Lo tumbó en la cama con cuidado y le quitó la camisa, palpando su pecho huesudo para comprobar que, en efecto, tenía una costilla rota. Su paciente se quejó, pero no llegó a despertarse. León lo prefería inconsciente. Era más fácil así, para él y para el convaleciente. Y, de todas formas, no había mucho que pudiera hacer por él. Se aseguró de que no había sangre en ninguna otra parte del cuerpo y lo puso lo más cómodo que pudo, en una posición en la que la costilla partida no le impidiese respirar con normalidad. Le limpió la cara, le puso paños fríos y le hizo tragar, pese a estar dormido, una cucharada de paregórico. Lo vigiló hasta que su sueño se tornó más profundo.

Via entró en la habitación cuando ya había acabado y se estaba limpiando las manos. Llevaba ropa limpia y seca y parecía haber probado algo de cena, pues sabía que a su hermano no le gustaba que lo observaran trabajar.

—Una costilla rota y la cara magullada —anunció el doctor Lavalle sin ceremonias—. Pero se recuperará. Si guarda reposo y la costilla cura bien, no creo que haya problema.

—¿Cuánto tardará?

—Mes o mes y medio. —Empezó a recoger, como si estuviera en una de sus visitas profesionales en una casa de la zona alta—. A menos, claro, que vuelva a meterse en una pelea. ¿De qué lo conoces?

—No lo conozco. Vi a dos hombres salir de un callejón y supe que le habían dado una paliza. Sólo quería ayudar. No podía dejarlo allí.

León Lavalle suspiró. Estaba seguro de que, si él hubiera estado en esa situación, tampoco podría haber dejado al chico en el suelo.

—Si alguien te ha visto traerlo…

—Las calles están casi vacías a estas horas. Un carruaje nos dejó cerca del hospital de San Alter, pero luego lo traje hasta aquí caminando. —Apartó la vista—. Con mucho cuidado de no dejar que nos viesen.

Sus palabras destilaban amargura y por eso León no se atrevió a decirle que podría haber dejado a aquel desconocido en San Alter; que para eso estaban los hospitales. Al volver la vista al herido, además, se dio cuenta de que un muchacho como aquel jamás sería su prioridad. Y que Via, en cualquier caso, habría tenido que dar demasiadas explicaciones.

—Ten cuidado, Via —dijo al fin—. Las buenas personas son las que más acaban sufriendo por los demás.

Sus ojos azules lo observaron con una quietud que no casaba con los dieciséis años que tenían, pero León se negó a hundirse en ellos más de lo necesario. Sabía que, si lo hacía, amenazaría con ahogarse.

—Volveré a verlo en un par de horas. Puedes irte a la cama.

Con un suspiro de cansancio, se dio la vuelta y abandonó el cuarto. Sabía perfectamente que Via no lo haría.





Neith Sinagra despertó en una habitación en penumbra, iluminada sólo por una lámpara encima de la mesilla a su lado. La luz amarillenta de la llama había atraído a una polilla que danzaba a su alrededor y se asemejaba a un ave gigante cuando su sombra se dibujaba en la pared. Al lado de la luz alguien había dejado un vaso con agua y el muchacho alargó el brazo para cogerlo.

Se arrepintió tan pronto como estalló el latigazo de dolor por todo su torso. Su respiración se volvió más superficial y las lágrimas le anegaron los ojos. Estaba seguro de que jamás se había sentido tan mal. A la sed, el hambre y cualquier malestar los sustituyó ese dolor sordo que lo llenaba todo, que le palpitaba en el pecho y en la sien. Quería gritar. Quizás así se sentiría mejor, pensó una parte de él. Una parte muy equivocada, le recordó la lógica oculta tras los puntos de colores que se cruzaban ante sus ojos.

—¿Estás bien?

Neith parpadeó con fuerza e intentó enfocar. Sobre él se inclinaba un joven salido de la estampa de un Santo, con cortos rizos rubios y rostro anguloso. A lo mejor se había muerto. A lo mejor ese era el Purgatorio. O el Infierno. De ser así, la perspectiva de haber dejado Viria atrás no se antojaba tan desagradable.

—Agua…

No supo de dónde sacó las fuerzas para hablar, pero el chico lo entendió y le acercó el vaso a los labios. Aunque beber también era una agonía, apuró la mitad del líquido antes de apartar la cara. Con la cabeza un poco más despejada, miró alrededor, intentando controlar su respiración. El papel de pared era sobrio y los muebles, sencillos; aun así, esa habitación ya era mejor que ninguna que hubiera tenido nunca. La cama era enorme, como para albergar a tres como él. La ventana abierta dejaba entrar una brisa fresca que movía las cortinas y le acariciaba la cara. Podía ver las lámparas de gas encendidas en la calle, lo que le dio la pista de que no sólo estaba en un barrio de bien, sino que, por el brillo de la luz de las farolas en la piedra de los edificios, había estado lloviendo. Lamentablemente, sentía la nariz taponada y entumecida. Supuso que para entonces tendría el tamaño de una patata grande. Toda la cara, en realidad, le dolía como si le hubiesen dejado la carne al descubierto.

Si estaba en una casa de ricos, por lo menos esperaba que le dieran drogas para acallar el dolor.

—Me llamo Vianney.

El nombre del muchacho le importaba bien poco. Lo vio comenzar el asomo de una sonrisa, como si se estuviera dirigiendo a él como a un igual, y sintió ganas de vomitar. Así que sólo rescató un sonidito indefinido del fondo de su garganta, que parecía el único sitio de su cuerpo que seguía de una pieza.

—Vianney Lavalle —aclaró el ricachón.

Neith lo miró sin expresión. Si no hubiera estado tan dolorido, se habría levantado y se habría ido sin más.

—¿Qué quieres de mí?

La simple pregunta encendió otro fuego en sus pulmones, como si cada palabra estuviera cargada con un trozo de carbón en llamas.

—No quiero nada de ti. —El Santo que había visto en la suave cara del muchacho se convirtió en un niño incrédulo—. Fui yo quien te recogió en el callejón. ¿Recuerdas eso?

—No recuerdo haberte pedido ayuda.

—Lo hice porque creí que era lo que debía hacer.

—Tampoco quiero tu pena.

Vianney frunció el ceño, como si no pudiera creerse que alguien estuviera rechazando su bondad. A veces era así, con la gente como él. Se pensaban que uno no podía tener su orgullo. Que estaban en el mundo para ser obras de caridad. Para ser salvados.

Neith Sinagra tuvo claro que aquel chico no entendía absolutamente nada del mundo. No, al menos, de su mundo.

—Así que nuestro invitado ya ha despertado.

Un hombre mayor había entrado. Tendría como mínimo diez años más que él, pero era difícil decirlo con los ricos, porque parecía que en las zonas bajas todo el mundo envejeciera más deprisa.

A Neith no le gustó cómo pronunció la palabra «invitado», pero prefirió guardar silencio porque era mucho más fácil dejar que fueran otros los que actuaran primero. El recién llegado, de hecho, no dudó en acercarse a su cama. Le puso la mano en la frente, a pesar de que el chico intentó esquivarlo, y asintió conforme al ver que no tenía fiebre. Algo que claramente podría haberle preguntado sin necesidad de tocarlo. Le pasó el vaso de agua y dejó en su mano una pastilla. Aunque ya las había visto antes, nunca se había tomado ninguna. Parecía un caramelo, sólo que blanco y mucho más arenoso. Se la metió en la boca y masticó. El sabor era repugnante, así que intentó borrarlo con un trago.

Podría haberse resistido a tomarla, pero eran dos contra uno y, de todas formas, le dolía lo suficiente como para decidir que merecía la pena el riesgo.

—¿Cómo te llamas?

Dudó si responder, pero al final decidió que su nombre era lo que menos importaba de él:

—Neith.

—¿Qué más? Me gustaría avisar a tu familia.

El chico no respondió. Se quedó tumbado, muy quieto, con la expresión entre incrédula y divertida. Los de la clase alta siempre le habían parecido especialmente graciosos, pero estos dos eran de una nueva especie. Se presentaban, se creían que podían conversar, se preocupaban por su familia.

—Tengo hambre —dijo por toda respuesta. Ya que estaba allí, al menos aprovecharía su suerte. Y parecía que estaba en racha, porque sus anfitriones se miraron como si estuviesen decidiendo quién iría a por el plato más sabroso. Y si bien Neith no iba a ponerse puntilloso, esperaba que le dieran algo más que sobras.

—Voy a ver qué podemos ofrecerte.

Fue el mayor quien habló. Pareció lanzarle una mirada de advertencia a su compañero, pero se marchó sin más ceremonias. Dejando la puerta abierta, eso sí, como si temiera que Neith estuviera en plenas facultades para lanzarse sobre el angelito rubio. Este dio un paso hacia la cama antes de dejarse caer sentado en una silla.

—¿Sabes quiénes fueron los que te hicieron esto?

Encogerse de hombros no era una opción, por el dolor en su torso, de modo que se conformó con quedarse mirando al rubio con expresión vacía.

—Si me lo dices, podríamos ayudarte.

—¿Es tu problema? Porque pensé que era el mío.

—Te ha ocurrido a ti, pero puede que mañana le ocurra a…

—A ti no te ocurrirá. Puedes estar tranquilo.

Vianney frunció el ceño.

—Eso no lo sabes.

—Oh, lo sé; desde luego, no te pegarán por lo mismo que a mí. —Neith Sinagra hizo un ademán a aquella otra piel que le parecía insultantemente blanca—. Y no te cruzarás con gente así en tu bonita parte de la ciudad, donde deberías quedarte en vez de deambular por los rincones más oscuros de Arxia. ¿O es que no sabes lo que les hacemos allí a los chicos guapos como tú?

Neith sonrió al darse cuenta de que su acompañante no sólo se había tensado, sino que se había ruborizado. Pensó que con eso sería suficiente. Que se marcharía, asqueado, o le daría una charla sobre Santa Pyria y cómo esta se había mostrado impasible ante los avances de quienes intentaban seducirla.

Si lo hubiera hecho, seguro que habría acabado por matarlo de verdad, pero de hastío.

Aunque Vianney no se marchó, permaneció callado, observándolo. Neith quiso pensar que se había dado cuenta de lo poco receptivo que estaba a dejarse ayudar.

Fue en aquel momento cuando decidió que, aunque tuviera que salir arrastrándose de dolor por la ventana, se iría de allí antes de la noche siguiente.





Capítulo 2




7 de bost de 3704 d. G.

Kiteria, Gineyka


Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, sin nada que aportar a su familia, necesita una adoptante. Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones, excepto cuando se vive en su misma familia.

Irati Burgoa ya había visto a uno de sus hermanos ser adoptado tres años atrás. Itzal tuvo la suerte de embarazar a la primera mujer que se interesó por él, sin dificultades, con sólo acostarse una vez con ella. Su adopción por parte de Arrate Erdi había sido casi inmediata una vez que se supo que estaba en estado. Ahora ya era padre de dos niñas preciosas y sólo tenía que preocuparse de cuidarlas y educarlas adecuadamente mientras Arrate dirigía su fábrica. Para él, todo había salido bien. Es más, mejor que bien. Con diecinueve años, Itzal tenía su futuro resuelto e Irati no podía negar que la rapidez con la que todo había ocurrido había sido un alivio al resultar en una boca menos que alimentar en casa. La madre de Irati había estado exultante: era fácil recordar cómo había presumido de la celeridad con la que el embarazo se había dado y cómo se regodeó también cuando primero nació una niña y, después, la otra. Maialen Burgoa era una abuela orgullosa de las nietas que, estaba segura, en un futuro serían brillantes mujeres dignas de la sociedad gineykana.

Ahora que Saroi cumplía los dieciséis años, Irati se preguntaba si todo saldría igual de bien para él. Se preguntaba, por otro lado, qué pensaba de lo que le esperaba. Itzal siempre había sido un muchacho consciente de su lugar, deseoso de cumplir con su deber, siempre soñando con la familia que debía ayudar a traer al mundo. Sin embargo, Saroi no era como él: su cabeza a menudo estaba en las nubes, en poemas que escribía cada tarde bajo el árbol familiar o en los bocetos que dibujaba en los márgenes de su ejemplar de La Gaiea, cuando el resto de la gente creía que se dedicaba a estudiar el culto a la diosa y a la naturaleza. A menudo Saroi parecía vivir al margen del mundo o, al menos, querer hacerlo. Irati ni siquiera tenía claro que estuviera al tanto de que, con la mayoría de edad, su tiempo dedicado sólo a los versos y a la contemplación había acabado.

Quizá por eso cuando llegó de trabajar esa tarde y lo vio bajo el árbol, como si nada hubiese cambiado y el mundo no pudiera tocarlo de verdad, se sentó a su lado.

—Irati. Estás manchada, como siempre.

La muchacha carraspeó. Se pasó una mano por la mejilla, como su hermano le indicaba, y se limpió el rastro de grasa. Se concentraba tanto en su trabajo que a menudo llegaba a casa con el rostro sucio. Tampoco es que pudiera permitirse no esforzarse al máximo: pasara lo que pasara, no debía perder el puesto que le acababan de dar. Al fin y al cabo, sólo estaban ella y su madre para sacar adelante a aquella familia. Irati era la única hija que había tenido Maialen Burgoa, algo por lo que la mujer nunca se había lamentado lo suficiente. Si Saroi era adoptado pronto, las facturas apretarían un poco menos, pero aun así todavía quedarían los gemelos en casa, y Danel y Gure tenían sólo once años.

Y si no todo salía tan rápido con Saroi o, peor todavía, si Saroi no conseguía embarazar a nadie…

Irati prefirió no pensarlo.

—Feliz cumpleaños, enano.

De uno de los grandes bolsillos de su pantalón sacó un paquete. Saroi abrió mucho los ojos, con su característica inocencia, e Irati sintió un poco de amargura al pensar en que aquella candidez estaba a punto de desaparecer.

—¡Irati! ¡No tenías que comprarme nada!

Pero eso no evitó que se echara sobre el paquete con ansias. Sus ojos brillaban cuando se deshizo del torpe envoltorio que Irati había realizado y descubrió el último poemario de Udane Koplari. Hubo una exclamación de alegría y, antes de que Irati pudiera preverlo, Saroi ya la estaba abrazando con fuerza. La muchacha no pudo evitar sonreír, contagiada de la alegría. Sus labios le tocaron con ternura la frente.

—¿Te gusta?

—¿Bromeas? Es maravilloso. Pero no era necesario. Sé que no nos sobra el dinero.

—Uno no se hace mayor de edad todos los días, ¿verdad? ¿Estás emocionado?

Fue una manera sutil de interrogarlo, pero la pregunta estaba cargada de intención. Irati se fijó bien en cómo las palabras caían sobre su hermano y transformaban su expresión. La sonrisa, amplia, se deshizo un poco en las comisuras. La mirada perdió un toque de su brillo.

—Claro. Es magnífico.

Irati se habría creído antes que la diosa Gaia estaba a punto de aparecer venida de la nada, abriendo una brecha en la realidad como había hecho cuando había creado aquel mundo en el que vivían. Saroi debió de ver en la expresión de su hermana que sus palabras no habían sonado lo bastante confiadas, porque se obligó a apartar la vista al suelo.

—¿Tienes miedo?

Él se encogió de hombros.

—No quiero ser padre todavía. No creo estar preparado. Y ni siquiera sé cómo haré para… —Tragó saliva, pero la vergüenza le pudo y calló—. No importa. Sé cuál es mi deber.

Irati habría querido decirle que no. Que podía ser todo lo que él quisiera, no sólo el padre de unos niños. Pero no era una mentirosa, de manera que sólo le acarició los cabellos. Le pasó el brazo por los hombros y lo hizo apoyarse contra su pecho.

—¿Crees que alguna mujer se interesará por mí ya esta noche? A madre le encantaría eso.

De nuevo, la muchacha quiso decirle que no. Que todavía tenía tiempo para no preocuparse por esas cosas. Que su fiesta de cumpleaños era un acontecimiento social, desde luego, pero que era improbable que una mujer se fijara en él aquella misma noche.

Claro que eso había sido justo lo que había pasado con Itzal.

Por eso calló. Dejó otro beso en su cabeza y le tendió el libro que le había regalado.

—Léeme un rato. Veamos qué tiene que decir la señora Koplari.

Saroi se fijó un segundo de más en su hermana, pero al final sonrió, asintió y comenzó a leer con voz clara.

Irati le permitiría seguir siendo un niño unas cuantas horas más.





Saroi Burgoa hubiera preferido quedarse bajo el árbol, leyendo a su hermana con voz pausada. Hubiera preferido ascender a su habitación en el ático y sentarse en el suelo para escribir en su cuaderno o leer poesía o incluso para acostarse temprano, pese a que era un día especial. Saroi Burgoa hubiera querido estar en cualquier otra parte, pero no había ningún lugar para él más allá de su fiesta de cumpleaños.

La certeza de que todo el mundo estaba allí por él lo abrumaba. Nunca le había gustado la atención. Ni siquiera estaba seguro de que le gustara demasiado la gente, a excepción de los miembros de su familia. Desde luego, adoraba a Irati. Quería con locura a los gemelos, incluso, aunque a veces se encontrase ranas en su cama o le llenasen los bolsillos de polvo de gea para que las manos se le quedasen verdes durante el resto del día. Respetaba a su madre, que hablaba mucho y siempre soñaba con el mejor futuro para sus hijos. Y, por supuesto, admiraba a su padre por todo lo que hacía en la casa y por la paciencia infinita que demostraba. Creía que era un hombre magnífico y se alegraba de pertenecer a la misma familia que él.

Pero no quería ser como él.

En cualquier otro mundo, si le hubieran dado la oportunidad, Saroi habría querido ser poeta. Pero sabía que los hombres, por lo general, no escribían y que, cuando lo hacían, era para hablar de «asuntos masculinos», como decía la crítica. Para narrar sus días en la casa, sus tareas, la carga de los niños. Pero él aspiraba un poco más allá. Él quería hablar de la naturaleza, de la experiencia misma de ser humano, de los miedos y las dudas y el amor y…

En lugar de eso, estaba allí de pie, en una esquina de la concurrida sala, recibiendo las felicitaciones de una familia tras otra. Por lo menos estaba seguro de que podría utilizar todo lo que veía para escribir algo después. Algo sobre los colores de la ropa, del aletear de faldas y vestidos y chaquetas engalanadas con botones dorados. De cómo la piel de todas parecía brillar bajo la luz titilante de las lámparas o de cómo las sombras en las paredes cuchicheaban y bailaban y se mezclaban.

—Ha venido la familia Logale. —El aliento de su madre olía a sidra caliente y especiada, y su mano en el hombro lo hacía sentirse más pequeño que valiente—. Su hija mayor, Ohiana, está a punto de cumplir los veintidós. Deberías hacer lo imposible por bailar con ella; dicen que está buscando a alguien a quien adoptar.

Saroi sintió que, a su otro lado, Irati se tensaba. Después de la pequeña charla en el jardín, su hermana parecía preocupada y él lamentaba haberla dejado inquieta. Tenía que haberse callado. Tenía que haber parecido más confiado. Como Itzal, cuando había cumplido los dieciséis. Aquella noche Saroi había visto a su hermano mayor desde el rellano del piso superior, riendo y bailando y siendo encantador. En comparación, él se veía torpe y poco preparado. Ni siquiera estaba seguro de que quisiera ser adoptado, pero eso no podía decirlo en voz alta. Como tampoco el hecho de que la idea de llegar a ciertos niveles de intimidad le parecía… desagradable.

—Tampoco es necesario que conquiste a nadie esta noche, madre —murmuró Irati.

—Cuanto antes, mejor —fue la escueta respuesta.

A eso ni Irati ni Saroi podían replicar. Así que, pese a que no se sentía como él mismo, pese a que era lo último que tenía ganas de hacer, el muchacho se puso su mejor sonrisa. Se mostró encantador ante la familia Logale. Trató de pensar en lo contenta que había estado su madre cuando llegaron los papeles de adopción de Itzal. Cuando nacieron las niñas, sus sobrinas. Respiró hondo e ignoró el agujero en su estómago. Su adopción era lo que su familia necesitaba y no debía ser egoísta: lo que pasase después de que se fuera de casa era lo de menos, porque su primer deber era hacerle la vida más fácil a su madre y a su hermana.

El primer deber de un hombre era siempre para con las mujeres de su familia.

Por eso, cuando Ohiana le pidió el primer baile que tuviese libre, él aceptó. Le dijo que le había prometido el primero a su hermana, pero que el segundo sería suyo. Su madre todavía tenía la mano sobre su hombro y, cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, casi le clavó las uñas en la chaqueta. Sabía que, en cuanto le diesen la oportunidad, le contaría lo que había ocurrido al resto de la sala.

Tras recibir todas las felicitaciones posibles y algunos regalos bien elegidos, Saroi utilizó el baile con su hermana para mentalizarse de que pasaría el resto de la noche hablando con extrañas. Algunas chicas le habían pedido el honor de una pieza de su mano.

—Todo irá bien.

Irati lo miró con una pequeña sonrisa que quería ser reconfortante.

—¿Y si no le gusto a nadie? —La pregunta le salió suave y ronca de una garganta seca como un desierto—. ¿Y si no acabo siendo más que un estorbo en casa y…?

Su hermana lo acalló con un beso en la frente y un abrazo que lo sorprendió, porque normalmente eran él y los gemelos los que iban a pedir su atención y su cariño, nunca al revés. No era que Irati fuese fría, pero siempre estaba demasiado ocupada. Siempre tenía cosas más importantes en la cabeza.

—Estoy segura de que hay alguien ahí fuera para quien serás perfecto, Saroi. E incluso si no la encuentras a la primera ni a la segunda, tarde o temprano…

Su cabeza le advirtió que era una mentira. Que las cosas no funcionaban así. Que el mundo era cruel e injusto. Alguna gente lo había entendido. Sabía que el padre de Irati, por ejemplo, se había marchado. Una mañana, de pronto, Maialen Burgoa se dio cuenta de que ya no estaba. Aunque Saroi nunca preguntaba por ese suceso, porque sabía que no estaba bien, no podía evitar cuestionarse muchas veces qué llevaba a un hombre a escapar de su familia.

—Gracias.

Se soltaron las manos con la sonrisa de Saroi intentando ser sincera y él se apartó un poco. Su siguiente pareja ya lo estaba esperando para entonces, pero, en cuanto puso su mano sobre la suya, supo que no funcionaría. Ohiana Logale le apretó los dedos con demasiada fuerza, o tal vez fue la forma en que dio el primer paso, arrastrándolo en vez de bailar junto a él. Estaba claro quién dirigía, pero no encontró en ella nada que lo reconfortara o que lo hiciera sentir en el lugar adecuado. Ella le habló un poco de su trabajo como supervisora en la producción de zepelines y él intentó hacer las preguntas correctas. Cuando ella le dijo que había oído hablar a su madre sobre que escribía poesía, Saroi sintió que el calor inundaba su rostro.





—No son gran cosa, por supuesto. Son versos sin importancia. Seguro que no tienen ningún interés.

Ella le sonrió y el gesto, de alguna manera, lo hizo sentirse un poco más valiente. A lo mejor no iba tan desencaminado en lo que a conquistarla se refería, aunque nadie le había dicho que pudiera hacerse por medio de la poesía.

—Estoy segura de que serán encantadores. Quizá podría recitarme algo la próxima vez que coincidamos.

Saroi se puso tan nervioso que casi tropezó con sus propios pies.

—Eso sería un auténtico placer. —Aunque no hubiera recitado nunca para nadie más que Irati—. Es decir, si es lo que desea.

Al escucharse tartamudear se dio cuenta de lo estúpido que sonaba, pero Ohiana no se apartó. Por el contrario, cogió su mano con un poco más de fuerza y plantó su mirada en un punto por encima del hombro de Saroi.

—Lo cierto es que estoy buscando a alguien a quien adoptar. Mi madre insiste en que quiere nietas pronto y yo tengo un trabajo con el que puedo permitírmelo. Por supuesto, nuestras madres ya han hablado y consideran que la unión sería satisfactoria para ambas partes.

El chico no esperaba que la conversación se volviera tan seria de pronto. Lo único que pudo hacer fue observarla, atónito, con los labios entreabiertos. No se le ocurría qué responder a eso. Sabía que a Itzal también le habían pedido algo así la noche en que cumplió los dieciséis, pero no esperaba que…

—Podríamos probar, si te parece bien.

Saroi sintió un ramalazo de pánico. Supo que lo era, por más que nunca hubiera tenido ninguno. Su estómago se contrajo y, pese a la presión de los dedos de su acompañante, apartó sus manos de las de ella todo lo rápido que pudo. La pieza de baile acabó unos segundos después y nadie pareció darse cuenta de la súbita separación, pero él dio un par de pasos atrás. Lejos de sentirse ofendida, Ohiana parecía simplemente incrédula. El chico no pudo culparla, ni siquiera cuando la vio girar sobre sus talones y alejarse de él sin decir una palabra.

Había dejado pasar su primera oportunidad de ser adoptado y, cuando aquello llegara a oídos de otras personas, quizá la última.





Capítulo 3




35 de Alter de 1852 d. S.

Arxia, Viria


Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. El motivo de los Solari llegó el 37 de un mes de Alter de 1852, un día caluroso en el que la única hija del presidente de la república de Viria acudió a la catedral de Aión para rezar.

Aurora era una muchacha muy joven todavía, pero a sus catorce años ya sabía que la imagen de su padre era demasiado importante y se esforzaba a diario por estar a la altura de su apellido. Algún día, cuando fuese mayor, se presentaría ante todos en su baile de debutante con el orgullo de saber que nadie podría tachar de incorrecta ninguna de sus acciones. Sabía cómo sería su vida y la aceptaba, porque la idea de tenerla planeada, de saber lo que se avecinaba, la reconfortaba un poco: conocería a un hombre que su padre aprobaría, se comprometería con él, se casaría y tendría a sus hijos. Viviría una existencia acomodada y pacífica, no muy diferente de la que llevaba ahora, honrando con ella a los Santos, acordándose de la gente con menos suerte, como hacía cada vez que traspasaba la puerta de la catedral y dejaba en las manos de los que allí se cobijaban monedas pequeñas y relucientes.

Una vez dentro de la fresca iglesia, siempre seguía la misma rutina: iba a presentarle sus respetos al sacerdote, dejaba limosna junto a los altares de los ocho Santos y se arrodillaba en una de las capillas privadas, a las puertas de la que dejaba a su doncella, pues no soportaba la idea de que otra persona pudiera interrumpir sus oraciones. Oraciones que nunca incluían peticiones para ella, sino para otros: rogaba que su padre tuviera suerte en su mandato, que el imperio de Viria floreciese, que aquellos que la rodeaban fueran felices. Recitaba de memoria tantos rezos como sabía y luego leía en murmullos un capítulo del Libro de Aión o alguna historia del Santoral.

Cuando consideraba que había sido suficiente, dejaba el libro en el banco forrado de terciopelo, se acercaba al portavelas y encendía todas una vez más, porque le parecía que el brillo del fuego les daba a los Santos un poder nuevo. De alguna forma, no sólo parecían más vivos, sino que sentía que la miraban con cierta aprobación.

Aquella tarde, cuando se levantó, miró su reloj de bolsillo. Quería estar en casa para recibir a su padre, que volvía ese día de viaje; y al comprobar que se le había hecho tarde, se apresuró a acabar con sus tareas. Cogió una de las cerillas de la caja junto al portavelas y la encendió, utilizándola para dar luz a varios de los cirios que se habían apagado. La catedral estaba llena de corrientes de aire provocadas por la antigüedad de su construcción. En invierno era un problema, sobre todo en las tardes en que buscaba algo de calor al resguardo de la lluvia y sólo encontraba frío que se colaba en sus huesos. En verano la temperatura se agradecía, aunque al atardecer empezaban a castañearle los dientes.

Había conseguido prender una mecha y usarla para encender otras dos velas cuando la puerta se abrió. El chasqueo de la cerradura la sorprendió y le hizo darse la vuelta, pero sólo era su sirvienta.

—Señorita Solari, deberíamos marcharnos. Se está haciendo de noche.

Aurora asintió justo antes de sentir la cera deslizándose hasta sus dedos. Se había quitado los guantes y el calor de las gotas derretidas sobre la piel hizo que soltase un quejido. Su mano se abrió a modo de acto reflejo y la vela cayó, todavía encendida, sobre la falda de su vestido.

Fue sólo un segundo. El segundo en el que tardó en entender lo que había pasado. El fuego únicamente necesitó de ese titubeo para prender sobre el algodón.

Sus gritos se hicieron eco por toda la catedral.





A Iulius Solari no le gustaba que lo interrumpiesen. Si un político como él había llegado a presidente de la república de Viria con sólo treinta y ocho años no había sido por haber trabajado poco ni haberse permitido distracciones de ningún tipo durante toda su carrera. Ahora que acababa de ser elegido como el futuro de la nación, no podía dejar que nadie pusiera en duda su lugar. Bajo su mandato, Viria debía avanzar y florecer, extender sus territorios más allá de las tierras conocidas, conseguir que la verdadera fe se extendiese por lugares todavía paganos, desarrollar la ciencia y traspasar los límites imaginables.

Iulius Solari era ambicioso. Quería que se lo recordara como el mejor presidente de todos los que había habido en la historia viriana. Sabía que desear ser Santo era osado y que iba contra los principios de humildad de San Milie, de modo que no aspiraba a tanto. Con que se lo considerase un hombre iluminado por Aión podía bastar.

Pero aquello no pasaría si era menos que brillante. Y no podía ser brillante si alguien decía cortar sus pensamientos con golpes en la puerta tan urgentes como los que sonaron entonces en su despacho.

Tenía ya preparado el ceño fruncido y una protesta en la punta de la lengua cuando el sirviente entró, apurado. Ni siquiera hizo ademán de apartar la pluma. No lo habría hecho, no habría dejado atrás ninguno de los documentos que tenía frente a sí, de no ser porque el criado habló más rápido:

—Señor presidente, disculpe la intromisión, pero se trata de su hija.

Aquello lo cambió todo. Iulius Solari podía tener ocho regiones bajo sus órdenes, la vida de millones de personas casi a sus pies, pero nada de ello valía nada si algo le pasaba a Aurora. Fue entonces cuando se puso en pie como el cuco de un reloj en hora punta y se permitió recordar por un instante que no sólo era presidente, sino también padre.

—¿Qué ha ocurrido?

El criado balbuceó. Iulius Solari le habría gritado por su incompetencia de no haber estado tan preocupado. Casi lo apartó de un empujón cuando salió de su despacho. Sus pasos sonaron a la carrera por toda la casa presidencial cuando se aventuró escaleras abajo.

En la entrada estaba el revuelo. Y allí, sobre una camilla que dos operarios cargaban con cuidado, su hija.

Lo primero que vio fue el vestido abrasado. Después, su rostro inconsciente, demasiado joven como para haber caído.

No preguntó cómo había ocurrido. No le interesaba. Ni siquiera pudo maldecir a los Santos por haberle castigado de esa manera después de toda una vida honrándolos.

Lo único que hizo fue exigir que los mejores médicos de Viria se presentasen de inmediato ante él, bajo pena de traición si alguno se atrevía a negarse.

El presidente estaba dispuesto a remover cielo y todas sus tierras, y las que no eran suyas también si era necesario, para salvar a su hija.





La habitación de Aurora Solari estaba casi vacía cuando León Lavalle entró en ella. Se le había avisado, junto a varios doctores más, de que se le necesitaba en la mansión presidencial y no había perdido ni un momento. Pese a que estaba cenando, había abandonado la mesa disculpándose con Via y había corrido a por su maletín. El carruaje había volado sobre los adoquines.

Por supuesto, Medici había llegado antes que él. Vio al viejo doctor del presidente antes que a la muchacha: el médico dejaba una jeringa sobre las manos de un sirviente que parecía a punto de desmayarse. Al lado de Medici, León se sintió demasiado joven, demasiado inexperto. Aunque había visto bastante en los seis años desde que había conseguido su licencia e incluso antes de eso, como aprendiz de un doctor en su pueblo natal, lo cierto era que había cosas para las que no se sentía preparado, por mucho que supiera la teoría tan bien como cualquiera de los presentes.

No hubo tiempo para cortesías. El doctor Lavalle pidió un informe de lo sucedido y del estado de la muchacha, y los allí congregados unieron esfuerzos para ayudarla. Las quemaduras eran lo bastante graves y hondas como para que no sintiera dolor. Aun así, la sedaron. El procedimiento no era fácil y, de todas formas, no toda la superficie quemada presentaba el mismo aspecto. En algunas zonas, la ropa se había adherido a su piel. En otras, ya no quedaba mucho más que carne y hueso.

El presidente Solari había pedido que, pasara lo que pasase, salvaran a su hija. Les había dicho que estaba dispuesto a darles cualquier cosa si la mantenían con vida, pero mientras quitaban el tejido perdido de sus piernas, León no pudo evitar preguntarse qué precio estaba dispuesto a pagar y en qué medida quería recobrar a su hija.

Cuando acabaron, eran cinco médicos en el cuarto. El ambiente estaba cargado y Aurora yacía sobre el lecho pálida como la sábana que cubría la mitad inferior de su cuerpo. La habían vendado con telas húmedas y frías. La mano que descansaba por encima de la manta también estaba envuelta: León se estaba encargando de ella. Parecía que había intentado apagar el fuego de su falda de aquella manera al principio, en un ataque de pánico.

Con la mano de Aurora todavía entre las suyas, el doctor Lavalle dio un respingo cuando la puerta se cerró a sus espaldas. Su concentración había impedido que se diera cuenta de que el resto, a excepción de Medici y Iulius Solari, el mismísimo presidente, habían salido de la estancia. Con cuidado, el doctor Lavalle soltó los dedos vendados de la joven Aurora y se levantó, haciendo una reverencia. Su intención era marcharse, pero el presidente lo detuvo antes de que pudiera disculparse.

—¿Cómo está? —Solari no se dirigía a su médico personal, sino a él, y León sintió que quería hacerse invisible.

—Viva —dijo, con la voz más neutra posible—. Pero muy grave. El resto del cuerpo se curará, aunque queden cicatrices. Pero las piernas…

El silencio llenó la estancia. León no quiso acabar el diagnóstico. No creía que hiciese falta, en realidad, pero el hombre ante él estaba acostumbrado a recibir los golpes con entereza tras escuchar todo lo que alguien tuviera que decir. Así que, al ver que la quietud se extendía en una muda petición de que terminase de hablar, León Lavalle decidió que aquel padre merecía saber la verdad de sus propios labios:

—Lo lamento, señor presidente, pero es probable que la señorita Solari no pueda volver a caminar.





Capítulo 4




22 de bost de 3704 d. G.

Kiteria, Gineyka


Lo que se dice de las personas, sea esto verdadero o falso, al final ocupa tanto lugar en su destino como lo que hacen. Eider Haizea lo sabía muy bien, porque llevaba una vida entera escuchando lo que se decía de todo el mundo a su alrededor. Sus oídos eran, al fin y al cabo, uno de los mejores recursos que tenía. Hay quien podría haber dicho que Eider era una persona observadora, de no haber sido algo así irónico: lo único que no podía hacer Eider era, de hecho, observar.

Por eso siempre escuchaba.

A lo largo de sus casi quince años, Eider había decidido que ver estaba sobrevalorado: la realidad que lo rodeaba se construía en torno a palabras y a sensaciones, al roce de sus dedos sobre lo tangible y a las imágenes de su mente sobre lo intocable. Nunca había conocido las formas exactas del mundo ni sus colores, pero a cambio había aprendido a construir todo aquello de mil maneras que podían superar lo que sólo se podía percibir con los ojos. Quizá por eso su mente era inquieta y siempre estaba trabajando. Por ejemplo, esa tarde, mientras su hermana Gadea se reía en medio de una conversación con su madre, su cabeza reconstruía a su manera un baile que de ningún modo podría haber visto, como tampoco lo habían visto su madre o su hermana.

Una vez más, sólo se preservaba lo que se decía, lo que se contaba; las palabras, no la imagen.

—Ohiana no daba crédito. Dijo que el pobre muchacho parecía un corderito.

Eider no necesitaba ver para saber que a su madre la historia de un joven asustado evitando su deber con la sociedad no le hacía tanta gracia como a su hermana.

—¿No fue a esa familia porque el primer hijo había resultado ser un muchacho cumplidor y efectivo? Cabría esperar la misma educación para todos.

—Aparentemente no todo se hereda, madre. Este colapsó ante la simple mención de ser adoptado.

Cuando Eider oyó cómo su madre chasqueaba la lengua, pudo imaginar que sacudía su cabeza. En ocasiones, cuando era más joven, le gustaba enredar los dedos en las trenzas de aquella mujer, las pocas veces que ella se lo permitía. Se imaginó que esas mismas trenzas se movían al ritmo de la decepción.

—La madre estará enfadada. Un lazo con los Logale les habría venido bien. Son una familia bien posicionada. Ohiana es de tus mejores compañeras.

—Por lo menos les queda su hija. Dicen que esa muchacha es un portento, en realidad.

—Está en nuestro equipo de investigación y desarrollo, ¿no es cierto?

Eider oyó a su hermana coger una pasta y mordisquearla.

—Así es. Y parece que con razones. Ohiana me dijo que sus estudios sobre la gea y su potenciación como combustible son brillantes. Y todo el mundo dice que trabaja con ahínco.

—Entonces su familia no tiene demasiado de lo que preocuparse. Ahora que ya está en el equipo del Gobierno, si es tan brillante, será cuestión de tiempo que crezca dentro de él.

—A lo mejor me paso por los talleres para conocerla…

Arama Haizea lanzó un resoplido de diversión. Eider supo que había bebido un sorbo de té porque se produjo un silencio y después la taza repiqueteó contra el plato.

—En los talleres hay demasiado trabajo para tus flirteos, muchacha. No distraigas al personal.

—Sí, señora vicepresidenta.

Lo cierto es que Eider no sabía si las sonrisas eran algo habitual en su madre, pero a veces le gustaba imaginar ese tipo de gesto en su boca. Como ahora. Hubo otro silencio. A Eider le pareció que era un poco más incómodo que los anteriores. Le pareció, de hecho, que había ojos sobre su cuerpo. Era una sensación extraña, inexplicable, pero habría jurado que su madre y su hermana habían fijado la mirada en su rostro.

—¿Dices que esa muchacha es brillante?

—Sí.

—¿Crees que podría…?

—No lo creo, madre.

Eider supo qué pasaba. No quiso imaginar la expresión de frustración ni de pena, pero tenía la convicción de que allí estaban aquellos sentimientos, tomando por completo las facciones de la vicepresidenta de Gineyka. Había sido paciente de suficientes tratamientos e inventos como para saber qué pregunta se había quedado por el camino:

¿Crees que podría devolverle la vista?

Claro que «devolver» no era la palabra correcta. No se podía devolver lo que nunca se había tenido.

Hubo un suspiro de resignación. Después, unos dedos sobre su cabeza, jugando con sus propios rizos.

—Al menos sabemos que tú no serás tan asustadizo como ese muchacho, ¿verdad?

Eider no dijo nada. Esbozó una sonrisa divertida, más confiada de lo que la sentía siempre, y sacudió la cabeza.

Después, se llevó su chocolate a los labios y pensó en el chico del que su madre y su hermana habían estado hablando. Como había sido lo primero que había oído de él, se lo imaginó como un corderito y se preguntó cuánto tardaría aquel mundo en devorarlo.





Capítulo 5




40 de Alter de 1852 d. S.

Arxia, Viria


Una tarde extremadamente calurosa de finales de Alter, Neith Sinagra salió de la pequeña habitación que tenía alquilada en una de las callejuelas de los bajos fondos de Arxia y enfiló por los pasajes adoquinados, que tan bien conocía, sin un rumbo fijo. Su intención sólo era alejarse de su cuarto, porque no había dejado de sudar pese a la ventana abierta y porque la costilla no le daba tregua. Esperaba distraerse con un paseo y luego dirigirse a una de las casas públicas que solía frecuentar y donde cualquier persona con monedas en los bolsillos sería bien recibida. Pretendía beber hasta quedarse sin sentido o, como mínimo, hasta que el dolor se convirtiese en un pálpito sordo en su pecho.

Normalmente Neith no podía permitirse más de uno o dos tragos del brebaje más asqueroso que tuvieran en la taberna, pero aquel día, sin que sirviera de precedente, tenía ingresos más que de sobra. El dinero solía escasear para él, porque nadie quería darle trabajo estable a un thyraio y lo que podía robar de cualquier persona o lugar por lo general se iba en pagar el alquiler y en poco que llevarse a la boca. Sin embargo, la pelea que le había roto la costilla casi había resultado valer la pena. Al marcharse de casa de la familia Lavalle, había echado la mano a dos candelabros de plata que descansaban sobre la coqueta de la habitación. Estaba seguro de que no los echarían de menos. Por el gusto con el que estaba decorado todo, al fin y al cabo, era obvio que no tendrían problemas para comprar otro par de candelabros, más bonitos y más nuevos.

Una pequeña parte de él sabía que no debía haberlo hecho, porque aquella gente lo había ayudado. Pero se había convencido de que esa extraña familia lo había secuestrado y había forzado su ayuda sobre él. Y ya que tenían tantísimas ganas de serle útiles, suponía que darle un poco de dinero para comer y aguantar el dolor de las heridas era lo mínimo que podían hacer. Si San Alter promulgaba la necesidad de compartir con los más necesitados, él sólo había seguido sus preceptos.

Planteado así, con esas palabras, podría decirse que era un héroe. Aunque tampoco le importaba no serlo, como no le importaba no sentir ningún ápice de culpabilidad. La supervivencia era mucho más importante que la ética.

Sus pasos lo llevaron a unas calles en las que el olor a desperdicios era tan fuerte que hubiera llenado de lágrimas los ojos de cualquiera que no estuviese acostumbrado, pero él se había criado en aquella zona, jugando en las calles, envuelto en la niebla que se levantaba del río cada mañana y cada noche. Aun así, en los días de calor como aquel parecía que el tufo fuera aún más putrefacto, como si los cadáveres que todo el mundo sabía que dormían bajo las aguas hubieran sido arrastrados finalmente a la orilla.

Tras unos instantes de duda, dio media vuelta y se metió en uno de los estrechos callejones entre las casas, donde había algo de sombra. El calor le oprimía el pecho, lo dejaba mareado y sudoroso. Por eso al principio creyó que las voces eran producto de su imaginación. Se detuvo un segundo para secarse la frente y aguzó el oído. Las palabras tomaron para él un sentido que conocía muy bien entonces: se convirtieron en amenazas, en voces ladrando órdenes; en burlas.

—¡Apartaos! ¡Ahora! —Quien respondió lo hizo con vehemencia, pero el temblor en la voz delataba su preocupación.

Neith se cuidó de no hacer ruido y se asomó a otro de los callejones que cruzaban el que estaba atravesando. Esa parte de la ciudad, aparte de sucia y tortuosa, era laberíntica, llena de recodos oscuros en los que, de noche y de día, se ocultaban monstruos. Monstruos de verdad, de los humanos, de los que hieren y roban y asesinan, no de los que se esconden bajo la cama en historias para asustar a los niños.

Él conocía muy bien a los monstruos porque se consideraba uno de ellos, así que no le resultaba difícil averiguar cuándo iban a atacar. Y sabía que estaban acechando al muchacho que, con la espalda contra la pared, apuntaba con la pistola a sus dos atacantes. Lo primero en lo que se fijó fue en que las manos le temblaban. Lo segundo, en que, pese a que tenía la cara manchada de carbón en un gesto descuidado y la gorra la llevaba calada hasta las cejas, lo que veía del rostro le resultó familiar. Los rizos rubios, limpios, delataban que la camisa raída y la chaqueta vieja eran sólo un disfraz.

Tardó un segundo más en reconocerlo. Se había olvidado del rostro, de la forma de su cuerpo, pero estuvo seguro de que se trataba del mismo chico que lo salvó aquella tarde. Vianney Lavalle había vuelto a los bajos fondos, a pesar de ser un niño rico. A pesar de que los muchachos de buena cuna no bajaban al Infierno. Habitualmente coqueteaban con sus límites, con los prostíbulos y algunos fumaderos, e incluso con algunas casas públicas que ofrecían actividades… alternativas. Pero esa zona, sucia y maloliente, no ocultaba ningún tesoro. Sólo a tipos como él o peores, que habían cazado al muchacho y lo habían arrinconado para quitarle todo lo que tuviera de valor.

Incluso su vida, si les daba la oportunidad.

—Sorde.

La maldición se le escapó entre los dientes, consciente de lo que iba a hacer a continuación. Incrédulo porque fuera a ir contra su naturaleza misma y contra lo que vivir en Viria le había enseñado, porque había una lección que le había golpeado por todas partes y se había grabado a fuego con cicatrices en su carne: «Preocúpate únicamente de ti mismo». Era una regla que había aprendido a base de que se burlaran de él por el color de su piel, de que lo dejaran de lado, de que hicieran que se sintiese raro. Una regla que había tenido que aprender a base de insultos y golpes, y sangre en los nudillos y en la cara.

Y, por primera vez en toda su existencia, supo que iba a romperla.





Vianney Lavalle siempre había vivido, hasta aquel momento, en una apacible seguridad. Su vida quizá no había sido muy fácil, pero nunca se había peleado con nadie. León tampoco le habría permitido nunca ser una persona conflictiva, de todos modos; si le dejaba hacer ejercicio en casa y tener un saco de boxeo, era por motivos muy diferentes a que creyese que algún día terminaría pegando a alguien. Eso era una cuestión de necesidad para Via, no de preparación.

Por eso, cuando aquellos hombres empezaron a seguir sus pasos, al principio no creyó que fuera a pasar nada malo. Pensó, de hecho, que tenían el mismo rumbo. Sólo se percató de lo que pasaba cuando, dos calles después, uno comenzó a acelerar el paso. Fue entonces cuando echó a correr.

Pero le dieron alcance.

Usaron su poco conocimiento de aquel lugar para guiar sus pasos hasta un callejón sin salida en el que la opción lógica le pareció dar todo el dinero que podía llevar encima y levantar la pistola si seguían intentando algo más. Había hecho ya las dos cosas: les había tirado su cartera y ahora sostenía el arma porque lo único que quería era que no se acercaran ni un paso más.

—Ya os he dado todo lo que tengo. Cogedlo y marchaos. No hay necesidad de que esto acabe peor.

Su voz trataba de sonar segura, pero sentía el terror agarrado a la garganta, enredando las palabras en su mente. Los dos tipos que le cortaban el paso se miraron entre sí. Apestaban y sus ropas estaban hechas un asco. No parecían haberse lavado en semanas. Uno de ellos apenas tenía dientes y los que le quedaban estaban destrozados. El otro, más compuesto, sonrió. Había cogido la cartera y se la habían pasado a su compañero.

—En realidad, sentimos mucha curiosidad por saber qué hace un niño rico en estas calles… Y esas ropas tuyas parecen buenas. Las nuestras están un poco jodidas, así que estaría bien intercambiárnoslas. Por no hablar de la pistola. No vas a disparar. —Una risita—. Así que deberías dársela a alguien que la necesite más. Como nosotros. Nos vendría muy bien.

Via tragó saliva. Les habría dado la pistola sin dudar si no hubiera sabido que así su desprotección sería absoluta. Trató de agarrarla con más fuerza. Intentó que pareciese que sabía lo que hacía, aunque el arma entre sus dedos se asemejaba a la última hoja del otoño a punto de desprenderse de su árbol: temblaba casi de la misma manera. No podía permitir que aquellos tipos se acercasen más.

—¿Queréis más dinero? Os lo traeré. Pero dejadme en paz.

Lo que fuera con tal de que se mantuvieran lejos.

Los hombres se rieron, pero el más alto no sólo no retrocedió, sino que se acercó. La espalda de Lavalle encontró la pared. Sentía la ansiedad apretando su pecho. Las lágrimas quemando sus ojos.

—He dicho que os alejéis o…

No pudo terminar la frase. El golpe llegó de manera inesperada, justo en la boca del estómago. Via agradeció haber fortalecido su abdomen a base de ejercicio durante años, pero aun así aquello no evitó que el dolor le arrebatara la respiración. Se dobló por la mitad; la pistola cayó al suelo. El pánico se convirtió en absoluto cuando el hombre agarró las solapas de su chaqueta.

—¿Por qué esperar a que vuelvas con más dinero cuando nos podemos quedar con todo lo que llevas ahora? Incluso contigo. ¿Quién es tu familia? ¿Cuánto crees que pagarán por ti…?

Vianney se revolvió. Lo hizo con la desesperación de quien tiene demasiado que perder. Lanzó un puño hacia la cara de su atacante, pero él fue más rápido: empujó el cuerpo hacia atrás y la cabeza de Via golpeó la piedra con dureza. Sintió el mareo justo antes de perder el equilibrio y caer al suelo. Después, las manos del tipo sobre su ropa. Con la vista nublada, volvió a alzar los puños para defenderse. Quería llorar. Quería gritar. Quería que aquella persona se alejase todo lo posible de su cuerpo. Habría dado todo por ello.

—Yo dejaría a ese.

La voz sonó de fondo, como música durante una reunión social. Fue suficiente, sin embargo, para que dejaran de intentar sacarle la chaqueta.

—Sinagra. —El tipo habló con tanto reconocimiento como repulsión—. ¿Tú también quieres cobrar? Lárgate, esto no es de tu incumbencia.

—Seguro que sólo quiere ver qué puede sacar él —comentó el otro. Había cogido la pistola del suelo y la miraba por todos lados—. A lo mejor un poco de pólvora entre ceja y ceja. ¿Qué crees, Sinagra? ¿Alguien te echaría de menos?

—Tan agradables siempre, muchachos… —Neith chasqueó la lengua mientras se acercaba a ellos. Su postura era relajada.

Via lo reconoció de inmediato. Cuando a la mañana siguiente de rescatarlo no lo encontró en la cama, pensó que nunca volvería a verlo. Por supuesto, se enfadó cuando descubrió que faltaban dos candelabros sobre la coqueta del cuarto de invitados. Había jurado no volver a ayudar a nadie, porque parecía que ni siquiera cuando era amable con los demás recibía amabilidad a cambio.

Quizá se hubiera equivocado, después de todo. Si no hubiera tenido tanto miedo, habría sonreído con cierta esperanza.

—Vuelve por donde has venido, Sinagra. Vamos, Carlo, acabemos con esto.

Lavalle trató de levantarse, pero, ante el movimiento, una patada cayó sobre su cuerpo, que volvió a chocar contra el suelo.

—Y tú quédate donde estás.

—Lo cierto es que yo no me puedo marchar. Quiero decir, ahora que ya he visto lo que está pasando, soy un testigo. —Los asaltantes se giraron hacia Neith Sinagra con el ceño fruncido—. ¿Por qué me miráis así? Soy un ciudadano preocupado que cree en la justicia de nuestra nación. A fin de cuentas, si hubiera juicio, sería estúpido si no declarase y me pusiera en el bando ganador.

—¿Bando ganador? ¿Te parece este crío el bando ganador?

—Bueno, él no. Es más bien poca cosa. Pero tendrá mejor pinta en comparación con vosotros cuando os cuelguen. Con suerte os partiréis el cuello antes de ahogaros del todo. Si los censores no os torturan antes para vengar al hijo de un congresista… Está bien aspirar a grandes recompensas, pero creo que esta se os va de las manos. Os vais a meter en un buen lío.

Vianney frunció el ceño con confusión. Por un momento, creyó que el golpe que se había dado en la cabeza había sido demasiado fuerte. Eso le habría dado más sentido a que ese chico estuviera tratando de salvar su pellejo inventándose una historia así.

—El hijo de un congresista nunca pasaría por aquí.

—Oh, vamos, Carlo, ¿has visto su cara? La única manera que tiene ese pipiolo de conseguir a una mujer es pagando por ella. Pregunta por él en el prostíbulo: lo conocen seguro.

Via ni siquiera pudo ofenderse. No entendía nada de lo que estaba pasando. Carlo, sin embargo, dudó y tiró de su chaqueta de nuevo.

—¿Dice la verdad? ¿Quién es tu padre?

Lo cierto es que Lavalle no tenía ni idea de a quién le debía su apellido. Cuando hubo crecido lo suficiente para empezar a tener consciencia de lo que ocurría a su alrededor, su padre ya se había marchado de su casa. León nunca hablaba de él. Aunque tenía la seguridad de que no era un congresista.

Pero eso aquel tipo no tenía por qué saberlo. Hizo acopio de todo el valor que pudo reunir.

—Lo descubrirás cuando vengan a buscaros por vuestro atrevimiento.

Carlo apretó los dientes. Via creyó que por fin soltaría su ropa y todo acabaría, pero entonces una sonrisa curvó la boca de su captor y una navaja apareció en su mano.

—Eso si alguien sabe lo que ha pasado aquí. Encárgate de Sinagra, Silas.

Lo siguiente ocurrió muy rápido. Vianney alzó las manos para parar el filo que se dirigía a su cuello. Sólo pudo concentrarse en eso, así que no vio cómo Neith se echaba sobre Silas antes de que este pudiera siquiera pensar en alzar la pistola. No es que Neith Sinagra fuera gran cosa, pero por lo menos podía mantenerse en pie y parecía saber defenderse por sí mismo. No le costó demasiado tirarlo al suelo.

El sonido de un tiro heló la sangre de los presentes. Fue lo que hizo que Carlo soltase a Vianney, alarmado. El humo de la pólvora salía del revólver, pero no había ningún herido. Silas sólo se había encogido sobre sí mismo. El arma ahora apuntaba al otro asaltante.

—Deja al chico. Las manos donde pueda verlas.

—¿Qué esperas, Sinagra? ¿Una recompensa por salvarle la vida?

—Espero que me dejéis seguir con mi día en paz y, de paso, quedarme con esta pistola, que parece que me va a venir de perlas. Te he dicho que te muevas. Ya.

—No vas a disparar. —Pero las manos se alejaron. El tipo se puso en pie—. Eres un asqueroso thyraio que se cree muy listo, pero los dos sabemos que sólo eres un crío.

No fue un reto. Pero quizá Neith Sinagra se lo tomó como tal. O quizá tan sólo estaba harto de que todo el mundo juzgase lo que era capaz y lo que no era capaz de hacer.

Por eso volvió a disparar.

El grito llegó cuando la bala impactó contra la pierna. El hombre cayó y, por primera vez, Neith Sinagra vio el terror apoderándose de la cara de alguien por su culpa, cuando solía ser al revés.

Habría mentido si hubiera dicho que no lo disfrutó un poco. Que no se sintió con poder después de toda una vida sin tenerlo.

—Fuera de aquí o te remataré —gruñó—. ¿O sigues pensando que no seré capaz de disparar?

Esos tipos podían ser mayores que él, pero un arma de fuego en unas manos que no tenían nada que perder contaba mucho más. Por eso Silas ayudó a levantar a su compañero mientras este mascullaba y trataba de frenar la hemorragia. El rostro de Lavalle, todavía en el suelo, se había quedado sumamente pálido. Creyó que aquello no podía ser el final. Que tomarían venganza, que se lanzarían sobre el chico, que él no podría evitarlos y que morirían los dos. Al fin y al cabo, Via había tenido la pistola primero. Los había amenazado primero.

Pero no se había atrevido a disparar y Neith Sinagra parecía dispuesto a volver a hacerlo. No bajó el brazo mientras los tipos se movían.

—Pagarás por esto, thyraio.

No hubo respuesta. La mirada del aludido era serena y fría. Sólo pareció volver a tener vida cuando los dos hombres se marcharon. Cuando se permitió bajar el arma y sus miradas se cruzaron.

—Eres un verdadero estúpido, niño rico. ¿Quién lleva un arma si no está dispuesto a dispararla? Debería haber dejado que hicieran contigo lo que quisieran.

Via reaccionó entonces. Sentía que todas sus emociones se habían parado en el momento en que aquel muchacho había aparecido, apagadas por la incomprensión y el bloqueo, pero entonces emergieron todas de una sola vez. Se preguntó qué habría pasado si esos tipos hubieran seguido. Se respondió, también, y el temblor volvió. Las lágrimas, que habían estado esperando su momento, corrieron con premura hasta sus ojos. Se tapó con fuerza con su chaqueta, como si así pudiera protegerse de cualquier cosa, y se encogió sobre su propio cuerpo.

Neith Sinagra vio cómo se derrumbaba. Cuando se acercó, lo hizo porque para él también había habido una primera vez. Una primera paliza. Un primer robo. Una primera ocasión de sentirse totalmente desprotegido, con la Muerte aferrándole del pescuezo para que la mirase a los ojos y tuviera claro que podía atraparlo cuando ella quisiera.

Podía entender que las agresiones que había sufrido él y la que acababa de sufrir aquel muchacho no tenían nada que ver: del rubio sus atacantes sólo habían buscado su dinero. Los golpes que él podía recibir a menudo no pretendían más que arrebatarle cualquier ápice de dignidad.

Neith pensó que tenía que alejarse del niño rico y fingir que nunca se habían conocido o vuelto a coincidir. Pensó que no debía sentir lástima por él, que no había nada que los uniese en absoluto.

En su lugar, mientras escuchaba su llanto desesperado y errático, le tendió la mano. Via todavía sollozaba cuando se fijó en esos dedos y luego en él, con mil miedos y una pregunta en la mirada.

—Vamos. Hoy eres tú quien necesita un médico.





Capítulo 6




40 de Alter de 1852 d. S.

Arxia, Viria


Desde luego, León Lavalle no fingía estar asombrado ante el hecho de que el caso de Aurora Solari hubiera suscitado tanta discusión. El presidente había intentado ocultar lo que había pasado y las consecuencias del fuego en el cuerpo de su única hija, pero Arxia era una ciudad muy curiosa y las noticias volaban. Y lo que era peor: los rumores volaban. Eso significaba que, allá adonde fuera, la gente le preguntaba por el estado de la muchacha o le contaba las historias más fantásticas. Una de sus pacientes habituales lo había hecho llamar con una excusa que se había convertido en un interrogatorio sobre la salud de la joven Solari. Porque todo el mundo sabía que el doctor Lavalle había sido uno de los primeros en verla después del accidente, pero también que ahora, por alguna razón, se había convertido en el médico privado de la convaleciente. León no entendía por qué se le había concedido el honor, pero suponía que estaba relacionado con la intervención del doctor Medici. El hombre tenía que haber dicho algo de él que le había gustado al presidente, quizás a modo de favor por la amistad que lo había unido a sus padres hacía muchos años. La misma amistad que le había hecho preocuparse por él y Via cuando llegaron a Arxia seis años atrás. La misma amistad que había hecho que lo incluyese en sus círculos, que lo recomendase y que le ofreciera toda la ayuda que León podía haber deseado.

Pero León no sabía si estaba preparado para aquella labor que tanto Medici como Solari esperaban de él. Desde que lo convocaran a la mansión presidencial la primera noche, el médico había estado acudiendo allí a diario, a veces incluso varias veces en una misma jornada, para atender a la muchacha. Le cambiaba las vendas, la acomodaba en la cama, le daba sedantes cuando las quemaduras más superficiales le dolían y hacía todo lo posible para evitar las infecciones. Las doncellas que atendían a Aurora y pasaban el tiempo con ella seguían sus peticiones al pie de la letra, pero la muchacha no ponía mucho de su parte. Aunque León habría querido reconfortarla y le hablaba cuando estaba despierta, ella contestaba a sus preguntas con monosílabos y miraba al techo mientras los calmantes no hacían efecto, negándose a mantener conversación alguna con él. Tenía los ojos rojos de llorar todo el tiempo.

El doctor no podía evitar que la imagen de ese rostro desconsolado lo acompañara allá a donde fuera. Incluso cuando estaba en casa, trabajando en su estudio, a veces detenía la pluma sobre el papel, pensaba en la joven Solari y se preguntaba qué podía hacer él para ayudarla. Había escrito unas cuantas cartas a compañeros de profesión que habían atendido casos similares y ahora esperaba su respuesta sin demasiadas esperanzas.

El sonido de la campana de la puerta llegó para salvarlo de aquella espiral de pensamientos. Se sorprendió, en cuanto ojeó el reloj del pasillo, de que se hubiera hecho tan tarde. Un nudo de preocupación se instaló en su estómago al advertir que Via todavía no había vuelto, pese a que la noche ya había caído. Esperaba ver su sonrisa de disculpa al abrir la puerta, pero en la entrada había dos figuras, no sólo una: por un lado, la del muchacho que, unas semanas atrás, había atendido en su habitación de invitados, embozado con la clara intención de que sus rasgos pasaran desapercibidos. Por otro lado…

—¡Via! —Bajo la luz de la entrada no le costó distinguir la sangre entre sus cabellos y la mejilla amoratada. Los ojos enrojecidos y los rastros de lágrimas entre la suciedad de su cara—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien?

El más leve de los asentimientos fue suficiente para que León pudiera volver a respirar. Para que sus brazos arroparan a su familiar con fuerza. Por supuesto, oyó el sollozo aterrorizado contra su hombro y no dudó en sostener aquel cuerpo con todas sus fuerzas, con la certeza de que Vianney se deshacía por las costuras.

—Está bien —susurró—. Vamos dentro. Hablaremos.

El mayor de los hermanos se separó para limpiar el rostro sucio y empapado con su pañuelo y le pasó el brazo por los hombros, a punto de guiar a Via al interior de la casa. Fue entonces cuando reparó verdaderamente en Neith, que cambiaba, inquieto, el peso de un pie a otro.

—Yo ya…

—Tú primero, Neith —le indicó León—. A menos que quieras llevarte otro candelabro, en cuyo caso tendré que avisar a la policía.

El doctor Lavalle vio cómo el muchacho se tensaba, inconsciente de que, en realidad, él nunca haría eso. Para los chicos como él, una acusación de cualquier crimen podía ser fatal y el cadalso era un destino casi benevolente en comparación con los mercados de esclavos.

Aunque los ojos del joven intentaron buscar una vía de escape, cuando León le hizo un gesto con la cabeza para que entrase, acabó arrastrando los pies dentro de la casa. El mayor de los Lavalle los llevó hasta la salita donde recibían a los pocos invitados que solían tener.

Neith vio el cuadro de una mujer sentada en un prado sobre la chimenea apagada. Mientras el señor Lavalle ayudaba a Via a acomodarse en uno de los sillones, el chico se dedicó a observarlo todo. Estaba tan enfrascado en la sala que ni siquiera se dio cuenta de que se quedaba a solas con el muchacho herido. La estancia olía a las flores silvestres que alguien había puesto sobre una mesilla auxiliar, al lado de una pequeña montaña de libros y papeles sueltos llenos de anotaciones. Un gato que había estado durmiendo plácidamente hasta entonces lo miró desde un segundo sillón. No se atrevió a acercarse, pues no parecía de muy buen humor porque hubieran interrumpido su siesta.

—Yo no he hecho nada —se oyó murmurar. Aunque tenía los ojos puestos en el animal, que empezó a pasarse la lengua por el fino pelaje, su cabeza estaba pendiente del joven rubio—. Díselo a tu hermano. En bastantes problemas me he metido ya ayudándote como para acabar en la cárcel o algo peor.

Vianney Lavalle no respondió, por lo que su invitado acabó teniendo que volverse hacia él para saber al menos si lo había escuchado. Supo que lo había hecho cuando lo vio bajar la cabeza después de que sus ojos se encontraran.

Estaba seguro de que iba a decir algo, pero entonces su hermano volvió, con un maletín de médico en la mano, además de un pequeño barreño con agua y un trapo.

—Vamos a ver esa herida.

Hizo que Vianney agachara más la cabeza y empezó a limpiarle la sangre que se le había quedado pegada a los rizos y se había secado en su nuca. Neith no se atrevió a abrir la boca. Se sentó en un escabel, intentando encogerse lo máximo posible, y dio un respingo cuando el gato empezó a restregarse contra sus piernas en busca de cariño. Estaba seguro de que aquel animal vivía mejor que él. De hecho, estaba más limpio de lo que recordaba haberlo estado nunca. Hundió los dedos en su pelaje para acariciarle el lomo y sintió el ronroneo agradado bajo su palma.

Al menos alguien agradecía algo allí.

—Gracias por acompañarlo a casa, Neith.

Como si le hubiese leído el pensamiento, el doctor Lavalle se había vuelto hacia él mientras extendía un ungüento sobre la mejilla herida de Vianney, quien, a su vez, aguantaba un paño contra la herida en su cabeza. Neith se encogió de hombros, tratando de quitarle importancia.

—A lo mejor sólo quiero asegurarme de si aquí hay algo más valioso que candelabros.

Esperaba horrorizarles o, como mínimo, escandalizarlos. No obstante, ninguno de los Lavalle hizo una mueca o amenazó con echarlo de una patada.

—No me lo parece. —León se humedeció los labios—. Pero ya que estás aquí, quizá podría echarle un ojo a esa costilla. ¿Te duele mucho?

Neith bufó.

—Hace falta algo más que una costilla rota para detenerme. Es más, nunca me había encontrado mejor. Claro que cambiaré mi testimonio por una cena como la de la otra vez. Mataría por unas patatas asadas así todos los días.

—Espero que no literalmente. —La voz de Vianney fue un susurro. Un intento de broma que no llegó a ser tal, porque sus ojos azules acabaron en su cadera, donde sabía que se había guardado la pistola.

Neith se llevó una mano a la cinturilla de los pantalones. Los hermanos Lavalle siguieron el gesto y se preguntó si iban a obligarlo a devolverla. El peso del arma no le reconfortaba tanto como había esperado, pero tampoco le reconfortaban muchas cosas de su día a día que necesitaba.

El momento pasó. Nadie le reclamó nada. Al contrario, el doctor abrió la boca y le hizo una única pregunta:

—¿Te meterá esto en un lío, Neith?

El chico intentó hacer ver que la pregunta no le sorprendía.

—No en más de los habituales. Sólo se pensarán que soy más peligroso y que tengo un arma. A lo mejor me gano un apodo como «el thyraio loco», lo que tampoco me parece del todo mal. Me asegura más respeto del que me tienen ahora, así que…

León suspiró. No podía creerse que algo así estuviera sucediendo en su propia casa. Después de eso, Via lo iba a escuchar y recibiría como castigo una temporada sin salidas. Al fin y al cabo, tenían un acuerdo tácito según el cual se le permitía bajar hasta ciertas zonas de la ciudad siempre y cuando se asegurase de cubrirse bien las espaldas. Y aquellas heridas eran todo menos eso. Aunque sabía que no lo volvería a intentar pronto, porque se había llevado un buen susto. Esa situación le había puesto los nervios a flor de piel.

—Iré a ver qué hay de cena para que comáis algo —dijo—. No os mováis de ahí, todavía quiero echar un vistazo a esa costilla.

Sabía que Via obedecería, porque era consciente de que necesitaba un descanso, pero no sabía cuál sería la decisión de Neith. No parecía alguien dispuesto a aceptar ni órdenes ni consejos, pero necesitaba saber un poco más antes de juzgar su comportamiento. Porque lo cierto era que estaba un poco confuso en lo que a él se refería: no entendía sus intenciones ni qué se le pasaba por la cabeza.

Y eso lo ponía nervioso, aunque no fuera a confesarlo en voz alta.





Hubo un silencio que a Via le pareció durar años, incómodo y tenso, antes de que Neith se pusiera en pie.

—Creo que lo he pensado mejor. Será mejor que me marche.

Vianney se sobresaltó casi tanto como Tigre, que saltó al sillón preferido de su hermano cuando el chico que lo estaba acariciando decidió moverse.

—¿Qué? Ibas a cenar.

—Sí, ya, bueno, ya encontraré algo. No debería estar aquí.

Lavalle frunció el ceño. Se puso en pie de inmediato y, aunque sentía el cuerpo dolorido y la precipitación del movimiento hizo que la cabeza le diese vueltas, se obligó a atrapar el brazo del chico antes de que se alejara demasiado. Neith miró su mano pálida contra su ropa raída y sucia y se detuvo.

—Me has ayudado. Deja que te lo paguemos. No sólo con la cena, podríamos…

—¿Puedo quedarme con la pistola?

Via parpadeó y lo soltó. Las miradas de ambos bajaron hacia el arma. Para ser justos, no tenía derecho a elegir sobre aquel objeto: era de su hermano, no suyo. Pero asintió de todos modos.

—Claro. Es tuya, pero…

—Pues me doy por pagado. Que te recuperes.

Sinagra alzó la mano como toda despedida y volvió a girarse. Via casi sintió la frustración suficiente como para permitírselo y ponerse a rezar a los Santos para no toparse con un tipo tan extraño nunca más, pero en lugar de eso decidió cortarle el camino al situarse frente a él. Casi tropezaron. Neith no parecía dar crédito.

—Y ahora, ¿qué?

—Has hecho más por mí de lo que piensas —murmuró—. Y te he metido en problemas, más de los que pudieras tener, así que quiero compensarte. Podrías haberme dejado tirado. Podrías no haberme ayudado y…

—Podría decirte lo mismo.

Hubo otro silencio. Esta vez no fue tan extraño e incómodo como el anterior. El chico nunca le había llegado a agradecer su ayuda antes de desaparecer con los candelabros, pero allí estaba el sentimiento de deuda, en el fondo de aquellos ojos marrones. También estaba la incomprensión.

Frente a frente, ambos se preguntaron sin palabras por qué se habían ayudado en vez de seguir adelante con sus vidas sin más.

—No me gustan las injusticias —susurró Via tras el instante de quietud, como si aquello lo explicara todo.

A Neith casi le dieron ganas de reír.

—Entonces probablemente te mates intentando ponerles fin y, aun así, no conseguirás cambiar nada. No sabes nada del mundo, niño rico. —Via frunció el ceño con disgusto. Sabía bastante del mundo. Había tenido tiempo de sobra para aprender. Neith, por el contrario, no sabía nada de quién era o qué había vivido—. Y no deberías juntarte con gente como yo. Hagamos útil este reencuentro y hazme caso en algo: evita los bajos fondos o acabarás mal.

Vianney respiró hondo para no decirle que podía defenderse, más por orgullo que por convicción. Después de todo, aún temblaba. Había estado a punto de perder demasiado y llevaba años sin sentir un pánico tan intenso.

—Si tan peligrosos son los bajos fondos, a lo mejor tú también deberías evitarlos.

Neith resopló.

—Algunos no tenemos otra opción. Esa es la diferencia entre tú y yo: quién puede y quién no puede hacer elecciones.

—¿Y si te dieran una opción?

Hubo un parpadeo de incredulidad.

—¿Qué?

—Podrías trabajar aquí. Para nosotros. Puedo convencer a León, estoy convencido de ello: podrías formar parte del servicio o ser el cochero de mi hermano. Siempre necesita moverse de un lado a otro para atender a sus pacientes.

Sinagra tenía un aspecto que pretendía ser amenazador. Su ceño solía estar fruncido y sus labios, apretados en una mueca defensiva. Tenía una cicatriz en la ceja que hablaba de alguna de las peleas en las que se había metido o en las que más bien le habían metido. Pero, cuando se sorprendía, lo cierto era que parecía sólo un niño, quizás el joven que no le estaba permitido ser a diario. Lavalle casi sintió vergüenza por cómo aquellos ojos se fijaban en su rostro, como si hubiera algo apasionante en su piel. Tuvo que evitar la tentación de llevarse una mano a la cara y asegurarse de que no tenía nada raro en ella.

Y entonces, de pronto, nació la sonrisa. Fue un gesto breve, de sólo un segundo, que estalló en una carcajada. Via sí enrojeció entonces, pues no parecía una risa llena de ilusión, sino de pura burla.

—De modo que no sólo pareces un Santo, sino que quieres serlo.

—¿Qué…?

—No, gracias —Neith cortó su pregunta con sus palabras y otra risita—. Me marcho.

—¡Estabas quejándote de no tener opciones hace sólo un segundo!

El muchacho puso los ojos en blanco.

—Y tú me has dado una y yo he optado por rechazarla. Ha sido una experiencia innovadora y apasionante —ironizó—. Pero elijo seguir con mi vida en vez de ponerla al servicio de otros y ser poco más que parte del decorado de vuestra bonita casa. Ahora, si me permites, niño rico…

Via apenas pudo reaccionar cuando el chico pasó por su lado, hundiendo las manos en los bolsillos. No lo comprendió. Le estaba ofreciendo un techo, comida caliente a diario, dinero, seguridad. Y sabía bien que la opción segura siempre era la más conveniente y la que había que escoger si era posible. Lo contrario, a sus ojos, era estúpido e innecesario, y una pérdida de oportunidades.

—León quería verte las costillas.

Neith lo miró por encima del hombro.

—Dile que no se ofenda, pero que es demasiado mayor para mí y preferiría que fuera su hermano el que me quitase la camisa. —Al notar los colores subiendo a las mejillas de Via, el chico volvió a reírse. Lavalle sólo sentía que estaba recibiendo una burla tras otra—. ¡Y que no vuelva a verte por mi territorio o la próxima vez no seré tan amable!

Vianney abrió y cerró las manos con frustración mientras veía a aquel chico alejarse hacia la puerta.

—¡Pues voy a menudo por tu territorio y no es como si pudieras prohibírmelo!

Eso hizo que Neith se detuviera. No sólo eso, sino que se giró hacia ese muchacho que le parecía tan extraño.

—¿Por qué lo haces?

—¿Qué?

—Entrar en mi territorio. Aquel día. Y hoy. Y por tus palabras, diría que otras muchas veces más.

Via titubeó, pero supuso que no había nada de malo en decirle la verdad:

—Voy a por piezas. Piezas mecánicas. Me gusta construir inventos y arreglar cosas, y la gente tira un montón de objetos valiosos que no saben que pueden ser reaprovechados. —Se encogió de hombros—. Los mercadillos están llenos de reliquias, por no hablar del propio vertedero.

Neith titubeó. Sus pasos volvieron atrás.

—Piezas mecánicas.

—Eso he dicho.

—Como… clavijas, engranajes, motores y esas cosas.

De nuevo, un asentimiento. Via no entendía por qué el súbito interés, pero estaba logrando que Neith se quedara y, con suerte, León volvería y él podría detenerlo antes de que se marchara sin cenar y sin aceptar ningún agradecimiento de verdad.

Volvieron a quedar frente a frente.

—¿Y si yo te las consiguiera?

—¿Disculpa?

—Tú quieres ofrecerme un trabajo, ¿verdad? Y yo estoy acostumbrado a hacer recados para alguna gente, aunque nadie suele ser tan honrado como tú. —Nadie, en realidad, quería tener tratos con un thyraio más allá de lo estrictamente necesario, pero había trabajos que sólo gente desesperada como él consentía en aceptar—. Seré tu proveedor. Yo te consigo las piezas… y me quedo con una pequeña bonificación a cambio. Tú no vuelves a meterte en ese lugar y yo obtengo algo de dinero extra. Los dos ganamos. ¿Qué te parece?

Vianney abrió la boca, pero la cerró casi de inmediato. Podía haberle dicho que no. Podía haber decidido que le gustaba pasearse por esas calles o incluso que no le daría el gusto de decidir qué podía hacer él y qué no. Y Via sabía qué necesitaba cuando lo necesitaba o dónde podía encontrar una joya en medio de un objeto tirado de cualquier manera, y no tenía ninguna confianza en que aquel muchacho supiera hacer lo mismo.

Pero recordó a los asaltantes de horas atrás. Le pareció que esas manos aún seguían sobre su chaqueta, intentando quitársela. Sintió una náusea sólo de pensarlo.

Por otro lado, esa era, aparentemente, toda la ayuda que Neith Sinagra iba a acceder a recibir. Y él tenía razón. Los dos ganaban.

Por eso, con duda, le ofreció la mano al chico, como este se la había ofrecido en el callejón, antes de acompañarlo por toda la ciudad hasta su puerta.

—Si me timas, lo sabré —amenazó.

La sonrisa de Neith reapareció mientras le apretaba la mano. Via no pudo evitar fijarse en el contraste entre sus pieles, en la sensación de los callos de sus dedos o en sus nudillos desgastados.

—No, no lo sabrás.

Abrió la boca para protestar, pero para entonces Neith ya se había apartado.

León no llegó a tiempo de evitar que aquel joven tan raro desapareciese una vez más.





Capítulo 7




27 de bost de 3704 d. G.

Kiteria, Gineyka


Todas las verdaderas historias contienen una enseñanza, aunque en algunas sea difícil de encontrar. Saroi Burgoa no estaba muy seguro de cuál era la moraleja de su historia y, en cualquier caso, se sentía demasiado abatido para buscarla. A fin de cuentas, como temía, la noticia de su pobre rechazo a Ohiana Logale se había extendido como la pólvora y había causado el mismo daño a su reputación. Y, por supuesto, a la de su familia. No en vano su madre estaba enfadadísima. Le había alzado la voz y le había preguntado en qué había estado pensando. Saroi se había sentido muy tentado de decir que en nada y que ese era el problema, pero al final había optado por recibir la reprimenda en silencio. Maialen Burgoa nunca le había dado tanto miedo como en ese momento.

Por suerte, no todo el mundo en su familia lo había tratado igual. Su padre había suspirado y había intentado tener una conversación con él. Una muy incómoda, de la que Saroi se había librado por designios de Gaia cuando empezó a llover y tuvo que salir corriendo al jardín para recoger la colada. Itzal, que había ido de visita hacía una semana, le había preguntado si había algo de lo que quisiera hablar, pero Saroi, avergonzado, sólo pudo negar con la cabeza. A él menos que a nadie quería contarle todo lo que se le pasaba por la cabeza. Y no era porque Itzal fuese desagradable, sino porque creía que él, con quien todo el mundo lo comparaba, que simbolizaba todo lo que un hombre debía ser en Gineyka, jamás comprendería sus problemas.

Al final, se había armado de valor para hablar con Irati. Para asomarse a su cuarto, antes de que se metiera en la cama. Se la había encontrado en camisa de dormir, delante del tocador, arreglándose para irse a la cama, y ella lo había mirado a través del espejo.

—¿Qué pasa, enano? —había dicho. Y lo había dicho como siempre, sin tratarlo de forma diferente, por lo que Saroi casi había sentido ganas de llorar. Estaba harto de las formas condescendientes.

Se sentaron juntos en el alféizar de la ventana, viendo cómo la lluvia golpeaba el cristal. Las nubes habían dejado el cielo nocturno sin estrellas, aunque la luz de las farolas iluminaba la calle y convertía las grietas entre los adoquines en ríos dorados. Una mujer pasó caminando ante la casa de los Burgoa, oculta bajo su paraguas. Las sombras de los edificios parecían recortes de papel oscuro pegados contra el horizonte, demasiado quietas en una ciudad que siempre se movía cuando era de día. Los recuadros de algunas ventanas estaban pintados de amarillo y se veían siluetas danzando tras ellos.

Saroi, envuelto en una chaqueta de lana que le había hecho su padre al comenzar el invierno, había elegido aquella atmósfera para contarle lo frustrado que estaba. No esperaba que Irati entendiese muy bien por lo que estaba pasando, porque sus destinos eran muy diferentes, pero sabía que, si alguien podía llegar a escucharlo sin juzgarlo, era ella.

—No es miedo, como todo el mundo piensa. —Se había oído decir, como desde lejos—. Es decir, sí que lo es un poco, pero creo que simplemente porque… la gente espera cosas de mí que no va a conseguir. Madre, padre, Itzal… Y tú, claro.

Irati lo había mirado entonces, con el brazo aún alrededor de sus hombros y una fijeza que había hecho sentir a Saroi muy pequeño.

—Yo no espero mucho más que felicidad para ti.

—¿Y si nada de esto me hace feliz? ¿Y si no quiero una esposa o hijos o… que me adopten?

—¿Y qué harías entonces?

Saroi había cogido aire y le había enseñado su cuaderno, que Irati había examinado. Estaba lleno de poemas, por supuesto: cubierto de líneas y líneas, rectas, escritas con una impecable caligrafía y sin apenas tachones. Se notaba el trabajo que su hermano había puesto en cada una de las páginas, que estaban numeradas en el borde exterior.

—Saroi… —Su nombre había sonado como una advertencia, pero él parecía más decidido que nunca.

—Sé que no me van a hacer caso. Sé que los chicos no escriben, que está mal visto. Que no es aceptable. Pero creo que puedo hacerlo, Irati. Sólo necesito que alguien los lea y me diga si valen la pena. Si tú crees que no voy a llegar a ningún lado, dímelo. Lo dejaré para siempre. Me… Me centraré. Encontraré a alguien que me adopte. Pero si existe una oportunidad, por diminuta que sea, de que tenga talento y de que pueda conseguir algo…

—Nadie te va a publicar. En cuanto vean tu nombre…

—Me presentaré a un premio. Los poemas se envían de forma anónima, así que sería lo más justo, ¿no? Y si consiguiera el premio, madre estaría contenta conmigo y dejaría de intentar buscarme una adoptante.

Saroi lo tenía todo preparado. Llevaba la página del periódico donde se anunciaba el concurso de poesía y se la mostró a su hermana, quien, aun sin seguir convencida, no pudo más que suspirar. Incluso si no quería ceder.

—No sé tanto de poesía como tú —había anunciado—. Pero, ya que mi opinión es tan importante para ti, leeré lo que has escrito.

Saroi tenía muy claro que su hermana quería decirle que no. Quería que lo dejase estar, porque si algo era Irati, era práctica. Por eso estaba tan contenta con su trabajo, con el que podía ayudar a todo el mundo desarrollando máquinas que hicieran la vida en Gineyka más fácil. Y quizá era, por tanto, un poco injusto que le preguntase a ella sobre qué debía hacer con su futuro. Pero justo porque conocía a su hermana, y porque las probabilidades le decían que lo más seguro era que le recomendase encontrar a una mujer que lo mantuviese, si ella llegaba a decir que veía talento en sus poemas, Saroi sabría que debía ir a por todas las oportunidades que pudiera encontrar.

De modo que esperó. Durante los siguientes días, observó a su hermana desde la distancia, con anhelo, pero sin atreverse a preguntar cuánto llevaba leído o cuánto le faltaba o qué le estaba pareciendo. Evitaba pensar, también, en el hecho de que enseñarle sus escritos a Irati era como desnudar una parte muy importante de él. Una parte que siempre había llevado escondida, cubierta con un velo. Una parte que nadie más conocía. Era vergonzoso y emocionante al mismo tiempo.

Y sabía que lo estaba matando por dentro.

Por fin, una noche, cuando habían pasado veinte días desde su cumpleaños, Irati entró en su cuarto y puso el pequeño cuaderno sobre la colcha, a su lado. Saroi dejó todo de lado y apretó el librito con los poemas de toda una vida contra su pecho.

—¿Y bien? —preguntó con voz ahogada.

Irati estaba jugando con una de sus rastas, como si no hubiera decidido todavía lo que iba a decirle. Como si todavía no tuviera claro qué esperaba de ella.

—Los he leído todos, Saroi —anunció como si no fuera obvio—. Y lo cierto es que no sé qué quieres que te diga.

«Que son buenos —pensó él—. Que valen la pena. Que soy más de lo que esperan de mí».

Pero Irati estaba seria y su ceño, fruncido, así que tuvo que tragarse todas las esperanzas que había puesto en aquel ridículo plan. Pensó que, si su hermana hubiera estado de su parte, habría sido capaz de cualquier cosa, pero en aquel momento…

—Son horribles —dijo, para detener el impacto del golpe que, sabía, Irati le iba a propinar con sus palabras.

—Son fantásticos —suspiró ella en respuesta. Con obvio pesar, por alguna razón—. Son muy buenos, Saroi. Pero por eso me cuesta más decírtelo. Todo sería mucho más fácil si no tuvieras ningún tipo de talento. Entonces, te podría decir sin miedo a equivocarme que dejaras los sueños para otros y te centrases en vencer tus miedos.

Saroi se deslizó fuera de la comodidad de sus mantas, aunque no sabía qué quería hacer. Quizá saltar y gritar y correr escaleras abajo.

—¿De verdad te han gustado?

—Saroi…

—¿Incluso el del mercado en el que los duendes intercambian sueños por memorias? ¿No es demasiado fantástico?

—¡Saroi!

Irati estaba tan seria que daba miedo. Tenía los labios apretados y lo miraba con cierta pena, como si tuviera que darle una mala noticia. Como si estuviera a punto de romper la burbuja de felicidad que Saroi había creado.

—Escúchame —le dijo—. Aun así, sabes que no va a ser fácil. ¿Sabes cuántas poetas hay sólo en Kiteria? ¿Sabes lo que es el rechazo?

No, claro que no lo sabía. Ambos eran conscientes de ello. Pero quizá no hiciera falta pensar en eso. Quizá se estaban adelantando. A lo mejor él ganaba y hacía sentir orgullosa a su familia y…

No. No. Tenía que dejar de crearse expectativas.

—Te ofrezco un trato, Saroi. Una contraoferta a la petición que me hiciste cuando me diste el cuaderno. Sólo una oportunidad, porque no está en mi mano darte más. El resto vas a tener que conseguirlo tú solo.

Él se sentó, un poco desinflado, junto a su hermana. Asintió, casi con timidez.

—Probarás con ese premio. Envía tu obra. Si sales elegido, creo que tus méritos hablarán por sí solos. Si no lo haces… —Si no conociera a Irati, esa frase podría haber sonado a amenaza, pero Saroi sabía que no era su intención—. Hablaré con madre. Le diré que necesitas algo de tiempo. Sólo hasta que el fallo del premio se haga público. Después, no habrá mucho más que pueda hacer.

—No se lo vas a decir, ¿verdad? —susurró. Para su madre y su padre, aquello era una distracción. La escritura no era un asunto relevante para ellos, tan apegados como estaban a la mecánica. Y, de todas formas, lo que realmente querían era «deshacerse» de él. No querían que perdiera el tiempo con algo que fuese a dejarlo inadoptable para toda la vida.

—No se lo diré, quédate tranquilo. Tú sólo… ocúpate de ser el mejor poeta de Gineyka.

Saroi la miró con agradecimiento infinito. Algunos meses más de libertad era todo lo que necesitaba. Incluso si ahora lo veían mal, incluso si se reían de él y pensaban que era un mal ejemplo, pronto su nombre se susurraría por razones diferentes.

Y quizás entonces pudiera vivir su vida siendo fiel a sí mismo.





Capítulo 8




28 de bost de 3704 d. G.

Kiteria, Gineyka


Aquel día no fue posible salir de paseo. Ni siquiera llegar pronto a casa. Ni, en general, tener tiempo de nada que no fuera trabajar. Irati sentía el cansancio, pero no podía ni pensar en retirarse cuando los últimos experimentos en el desarrollo de un nuevo motor que aprovechase mucho más las propiedades de la gea habían comenzado a dar sus frutos y todas en el equipo de investigación estaban emocionadas. Ella también, por supuesto. Ver cómo el automóvil en pruebas cuyo motor habían tocado para cambiar su ciclo de combustión arrancaba con un ruido perezoso fue lo que hizo que cada una de las presentes estallara en un grito de alegría que resonó por el taller de altos techos donde se habían reunido.

Apenas duró un segundo antes de que sonara la pequeña explosión debida a un intento fallido, pero aunque aquello acalló la celebración durante un breve instante, por el susto, todas rieron después. Estaban acostumbradas a que los prototipos diesen error. Al fracaso, incluso en trabajos e inventos que se llevaban años de sus vidas. A Irati Burgoa eso no le importaba: adoraba cada segundo que podía volcar en crear. En intentar desarrollar. En pensar más allá de lo que nadie había pensado.

—Buen trabajo, Burgoa. Creo que estamos en vías de descubrir algo importante.

Irati se había acercado a comprobar el motor para averiguar dónde podía estar el fallo y empezar a pensar en las soluciones, pero se giró para mirar a la doctora Dogartze. Había sido ella quien la había escogido para formar parte del equipo de investigación del Gobierno, de entre una cantidad de candidatas abrumadora. Recordaba cómo la había intimidado desde el primer día: aunque ahora le sonreía, su rostro era serio e inquisitivo durante la entrevista para conseguir el puesto. Su brazo mecánico no ayudaba a considerarla menos peligrosa. Con el tiempo, sin embargo, había aprendido que aquella mujer era casi una nueva madre para todas las que estaban allí. Quizá demasiado exigente, pero porque siempre quería y buscaba los mejores resultados. Y cuando había resultados no dudaba en felicitar a las responsables, como ahora. No en vano, si aquel nuevo motor se estaba desarrollando había sido gracias a los estudios de Irati sobre la gea.

—Gracias, doctora. Creo que pronto podremos tener prototipos totalmente funcionales si seguimos así.

—No tengo ninguna duda. Y es sólo el principio. Tus estudios pueden llevar a multitud de posibilidades, Irati. Parece, de hecho, que la noticia de tus éxitos ha llegado a oídos de la presidencia.

Irati Burgoa parpadeó con incredulidad. No supo qué decir al respecto, pero no hizo falta: con un movimiento de cabeza, Dogartze le indicó que la siguiera. Pronto alcanzaron su despacho, de paredes tan desnudas como el resto del recinto, todo piedra cruzada de vigas de metal. Era una estancia poco personal, con un escritorio enorme y un banco de herramientas donde se veían modelos a medio trazar y medio construir.

Contra los tonos de grises y cobres del despacho, la impecable chaqueta verde de la mujer que las esperaba allí parecía fuera de lugar. Su sonrisa era confiada cuando se levantó de la sencilla banqueta que había estado ocupando. Irati no pudo evitar fijarse un segundo de más en ella, porque su presencia parecía llenar la estancia: era alta, pero más allá de aquello, parecía que su cuerpo pudiera estirarse para resultar aún más grande de lo que era. Sus manos estaban entrelazadas tras su espalda. Su cabello, cortado a la altura de los hombros, estaba adornado con algunos abalorios de cobre que reflejaban la luz de la habitación.

—Irati, te presento a Gadea Haizea, hija de la vicepresidenta Haizea y una de las más excelentes desarrolladoras de la industria aérea de nuestra nación. Seguro que has oído hablar de ella.

—Me honras, Astere. —Gadea Haizea sonrió. Después, se giró hacia Irati y le tendió la mano. Ella apenas pudo reaccionar por un segundo, pero luego apretó la palma ofrecida. No esperaba el beso que cayó sobre su dorso cuando lo hizo—. Es un honor conocerla, señora Burgoa. He escuchado mucho de usted.

Irati alzó una ceja, en cierta manera divertida por el descaro de la muchacha.

—Me siento halagada, señora Haizea.

—Oh, por favor, llámeme Gadea. Odio las formalidades. Y más con las personas que pueden ayudarme.

—¿Ayudarla? No sé cómo podría. Sólo soy una mecánica.

—Ah, pero una mecánica muy capaz y estudiosa, según me han contado.

Irati no lo negó. La falsa humildad nunca le había gustado y sabía que la joven estaba en lo cierto: era buena en su trabajo. Se merecía que sus esfuerzos fueran apreciados y reconocidos.

—La industria aérea está haciendo prototipos para nuevas máquinas de vuelo —explicó la doctora Dogartze—. Las aeronaves que se han podido desarrollar hasta ahora son tan sólo planeadoras, pero se pretende ir mucho más allá. Creemos que el empleo de la gea como combustible podría ser la solución. Si alimenta automóviles, quizá también podría alimentar vehículos.

—Nuestro deseo, señora Burgoa…

—Irati —cortó ella, antes siquiera de darse cuenta de lo que hacía. Ante el parpadeo de Gadea, tuvo que carraspear—. Si quieres que te llame Gadea, me parece justo que el trato sea recíproco.

Hubo una media sonrisa por parte de la ingeniera.

—Nuestro deseo, Irati, es gobernar los cielos. Los vientos de Eo siempre han soplado para darnos libertad, como dice La Gaiea, pero no hemos sabido aprovecharlos todavía lo suficiente. Los zepelines están bien, desde luego, pero son máquinas pesadas, grandes y lentas. Si pudiéramos desarrollar móviles para transportarnos por los aires, igual que tenemos los automóviles para la tierra… Bueno, eso sería apasionante, ¿no crees?

Lo cierto es que Irati lo creía. Tuvo que luchar por contener su emoción ante las posibilidades y limitarse a asentir.

—Pero sigo sin saber cómo podría yo ayudar…

—Quiero encargarte el desarrollo de un nuevo motor, Irati. Uno que pueda propulsar naves aéreas, si crees que es posible hacerlo: sabes cómo explotar la gea para llevarla a su máximo rendimiento y tus conocimientos en mecánica son excelentes. Creo que lo que propone Gadea es interesante y merece la pena probar. Por supuesto, contarás con todos los medios para investigar y con tu propio equipo. Irías